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Testimonios de Mazatlecos


Tríptico hollywoodense en Mazatlán


José Luis Franco Rodriguez

 

I

Cuando me vine de La Cruz a estudiar la secundaria, mi mamá tenía un Volkswagen rojo al que apodaba El Cardenal, mote que a los dos nos encantaba, porque ella lo decía en relación a la vestimenta de los curas de alto rango, yo porque lo asociaba con el equipo de beis de San Luis.

El único que podemos nombrar noble legado de Adolfo Hitler, el carro del pueblo, servía a mi madre en su trajinar del día y para que nos desaburriéramos por las noches dando un maleconazo. Visto en perspectiva, el vochito y sus funciones fungieron como la nave del olvido; La Cruz y sus recuerdos se me fueron diluyendo en esos paseos nocturnos, de pleitos fraternos por la sintonía del radio. Al final terminábamos escuchando la estación de boleros que le gustaba a mamá.

Los temas que tocábamos en esos agradables paseos nocturnos se quedaron en la nave del olvido, solo uno sobrevive en la memoria: la casa de Robert Mitchum. Bueno, nunca fue propiamente una casa, aunque la construcción a medio terminar servía de techo para vagabundos. Mitchum era una celebridad de Hollywood que visitaba con mucha frecuencia a Mazatlán, donde podía ponerse hasta la madre y meterse cuanta droga le diera en gana sin pasar los problemas que tuvo en su país por esos detallitos que tanto gustaban al rufián cinematográfico de la mirada pacheca. Otra de sus adicciones eran las mujeres, pero a la fecha no he conocido en Mazatlán a ningún hombre o mujer de apellido Mitchum.

Eran los tiempos en que por doscientos pesos (dieciocho dólares) te podías comprar un paquete de camisetas Towncraft de bolsita, unos livais y unos Converse, tiempos heroicos en que estaban vigentes los sentimientos de la nación y México no le vendía a los extranjeros ni la tierra de las uñas de sus mexicanos, pero aún así el legendario gánster del sombrero de fieltro de medio lado y la mirada somnolienta se aferró a tener su casa en el paraíso mazatleco, donde era asiduo pernoctante de las Olas Altas, pero el Gobierno nunca le permitió realizar su sueño. La casa de Robert Mitchum, por los rumbos de donde hoy se ubica la Universidad de Occidente (antes Casino Mazatlán), vivió muchos años como cascarón, luego desaparecieron los vagabundos, siguieron los ladrillos, después las varillas y cemento, hasta que no quedó nada del tema recordable de nuestros maleconazos en El Cardenal.

 

II

Un gringo gigantón rubio, de bronceado perfecto, enérgico al hablar, serio y formal, llamado Marion Robert Morrison y apodado por su personalidad como El Duque, llegaba con frecuencia a la administración del hotel Belmar a pedir su habitación. Todos los empleados lo conocían y le brindaban atenciones de privilegio, sabían que no era enojón sino serio, que llegaba en su avión desde Durango y que venía a alternar unos días de descanso en el hotel, o en su yate Wild Goose que anclaba en la bahía de Olas Altas.

A pesar de la sencillez que desplegaba en sus caminatas por el malecón, sus visitas al mercado o a la plazuela, era un personaje importante, tanto que fue invitado por el Partido Republicano para hacer carrera política, pero prefirió apoyar a su amigo Ronald Reagan, que llegaría hasta la presidencia de los Estados Unidos. Pero aquí todo era calidez y deseos de disfrutar la vida involucrándose en actividades por entero diferentes a las que realizaba en su vida cotidiana, atender una tienda de regalos de uno de sus amigos, en Olas Altas, por ejemplo. Llegaba Marion y atendía el negocio con simpática prestancia; pasaba el plumero, reacomodaba objetos. Los clientes, sobre todo los gringos, se quedaban con la boca abierta al descubrir quién los despachaba.

Marion circuló en el mundo montado en un caballo, con una Colt en su funda a la cintura, un Winchester en la mano, el característico sombrero, usando el nombre de John Wayne. La tienda en la que despachaba por hobbie en sus visitas a Mazatlán se llamaba Regalos Roberto, propiedad de su gran amigo mazatleco Roberto Gorostiza, administrador del hotel Belmar en sus años de apogeo, incluido el multicitado capítulo del asesinato del gobernador Rodolfo T. Loaiza, a manos de su tocayo Rodolfo Valdez, alias el Gitano, el domingo de Carnaval de 1944. Demasiados Rodolfos para un solo estado.

John Wayne, que filmó la mayor parte de sus películas en los sets cinematográficos de Durango, fue uno de los tantos famosos enamorados de Mazatlán. Le gustaba pasear como un perfecto desconocido por la ciudad, platicar con pescadores que le explicaban los misterios del mar mazatleco, los lugares más indicados para pescar picudos; le gustaba su gente, que lo veía como un gigante con gesto sombrío. Esta ciudad lo sedujo a tal grado que gozó en 1978, la última Navidad de su vida en la casa de su amigo Roberto Gorostiza, aquí en Mazatlán. Murió de cáncer en el estómago en Los Ángeles, el 11 de junio de 1979. Tenía 72 años.

En su tumba, como epitafio, se puede leer en español feo, fuerte y formal, requisitos que debe tener un hombre, según una sentencia que debió escuchar de boca de alguna ardiente camarera del hotel Belmar, o de algún playero olasalteño, con la Towncraft de bolsita clavada en el bolsillo trasero de la bermuda, la ballena en la mano.

 

III

 

En 1927 una changuita fue una huésped distinguida en nuestra ciudad. En la sección de fotos del libro Mi viejo Mazatlán; Memorias del Jegro, de Jesús Ernesto Gómez Rubio Ocón, página 158, parte inferior, aparece un pie de foto que dice:

“John Barrymore al timón de su yate Infanta (1927). Él era, ni más ni menos, el mejor intérprete de las obras de Shakespeare y había venido a Mazatlán en su yate Infanta, acompañado de un director de cine y de Clementina, su changuita, que apareció a su lado en la película La Bestia del mar”.

El nombre de la changuita fue más importante que el del director.

 

Solo en Mazatlán.




FUENTE:


José Luis Franco Rodriguez


http://riodoce.mx/noticias/cultura-arte/triptico-hollywoodense-en-mazatlan


 

 

por Gustavo Gama Olmos

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