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Historias Mazatlecas



Los panteones perdidos de Mazatlán



El primer panteón que se formó aquí no era propiamente terreno sagrado, conforme a los cánones católicos

 

Enrique Vega Ayala

Cronista Oficial de Mazatlán





 

En este grabado del Siglo 19, donde se aprecia la ubicación del primer panteón, se puede notar que no está delimitado el terreno, las tumbas se ven agrupadas, pero no hay ningún cerco trazado que indique las dimensiones del predio usado para los entierros. Si a eso le agregamos que buena parte de los primeros habitantes de este lugar eran de muy diversas nacionalidades, y seguramente poseían distintas creencias religiosas, no nos puede extrañar que no pusieran a disposición de Iglesia alguna el terreno que escogieron para panteón, máxime si no había templo alguno en el puerto. Por lo cual el católico cura de Villa Unión puso prácticamente "el grito en el cielo", denunciando que ese no era un terreno "consagrado" para tal fin, alegando que lo hacían en las playas, para resaltar la falta de respeto a las normas morales. Porque para él ese sitio, casi a orillas del mar, usado como panteón sin autorización eclesiástica, era una atrocidad incivil. Aunque lo de las cuotas no es asunto que pueda tacharse de menor como origen de la indignación cural, y tal vez el resto de la argumentación no haya sido más que un aderezo retórico para enfatizar lo que a su juicio era el verdadero crimen.

 

Todo parece indicar que la crisis provocada por la cantidad de muertos ocasionados en 1851, debido a una epidemia de cólera, obligó finalmente a que de manera oficial se destinara otro terreno para panteón. Así nació el que más tarde se conocería como Panteón de los Protestantes. Poco después, el terreno de la falda occidental del Cerro de Casamata se fue poblando.  

El barrio que empezó formarse en ese lugar, hacia 1875, recibiría por nombre popular, a finales del Siglo 19 y principios del 20, de "Barrio de las Calaveras". Las versiones orales indican que en esa zona de la ciudad cuando empezaron a construirse las fincas de material, en sustitución de las primeras que hubo por ahí de "palo parado y lodo con techos de palma"; a la hora de excavar para levantar los cimientos, con cierta frecuencia aparecían calaveras y huesos humanos. De ahí que esa barriada popular se ganara aquél mote. Las historias de aparecidos y fantasmas que debido a eso se contaban, se fueron perdiendo con el paso de los años… Pero los entierros siguen ahí.

 

Recientemente, trascendió que en una de las casonas señoriales de ese barrio, en las manzanas de la ladera del cerro entre las calles Leandro Valle y Canizalez, al reparar el piso de una especie de sótano, los albañiles se encontraron dos lápidas ocultas bajo los antiguos ladrillos que hacían las veces de piso en el lugar, y que los dueños del inmueble decidieron volver a ocultarlas echándoles firme y mosaico encima. No se ha podido verificar tal versión, pero es probable que sea una versión moderna de las viejas historias que en ese barrio se narraban.

 

El Panteón de los  Protestantes: parque y escuela.

 

La ciudad de Mazatlán se precia de ser un pueblo fundado por migrantes de diversas nacionalidades. En el origen del puerto, además de mexicanos, participaron españoles, filipinos, franceses, alemanes, ingleses, norteamericanos, peruanos, chilenos, etc. Durante el Siglo 19 se agregaron polacos, italianos, chinos, algunos japoneses, entre otros. Con todos ellos se formó una población que se presumía a sí misma como muy cosmopolita; porque, además de personas, recibía embarcaciones y mercaderías provenientes de todo el mundo.

 

No es raro, pues, que con una composición de esas características hayamos tenido un Panteón de los Protestantes. Efectivamente, hay  constancia  de  que, en  aquella  época, no  todos  los  residentes  del  puerto  profesaban la misma religión. A finales del Siglo 19, en la publicidad de los negocios de honras fúnebres locales se hacía énfasis en que estaban preparados para realizarlas cualquiera que fuera la fe del difunto. Todavía hoy, Mazatlán se distingue del resto de Sinaloa por ser la localidad con mayor diversidad de creencias religiosas en su seno y, también, sigue siendo la ciudad con menor índice de católicos de todo el estado. Además y de por si la religiosidad de los primeros mazatlecos queda en entredicho desde el momento en que con más de 3 mil habitantes, ya con ayuntamiento como forma de gobierno, aquí no existía templo alguno, ni siquiera el católico tradicional que, en pueblos con menos residentes, se construye casi desde el momento mismo de la fundación.


Como ya se dijo antes, el primer panteón que se formó aquí no era propiamente terreno sagrado, conforme a los cánones católicos, ni estaba administrado por un cura párroco como era la usanza de la época. Los entierros allí no eran considerados legales, ni civil ni religiosamente, por la autoridad eclesiástica de la parroquia de Villa Unión a la que pertenecía este puerto en aquellos años. El signo de la irreligiosidad persiguió todavía al segundo panteón, al grado de que se le conoció por el mote de Panteón de los Protestantes. En este caso, queda constancia de que en realidad ahí había dos panteones y no uno solo. 


 


Agradecemos el patrocinio de nuestro gran amigo

                      Rodolfo "popo" Castañeda

El primer panteón bajo el "Barrio de las Calaveras" 


La falda occidental del Cerro de Casamata fue el lugar que los primeros mazatlecos escogieron para terreno donde dar sepultura a sus muertos. De existir como tal, ese camposanto estaría muy céntrico. Se estima que se localizaría entre lo que hoy son las calles Rosales, Leandro Valle, Teniente Azueta y 21 de Marzo. Este panteón no aparece ni en la numeración oficial de cementerios, para efectos prácticos diremos que fue el panteón cero.

 

No sabemos si antes de que existiera ese panteón, efectivamente la práctica funeraria de aquellos porteños fuera la señalada por el cura del Presidio (hoy Villa Unión) cuando, en una carta escrita en 1827, aseguraba que quienes morían aquí, por esos años, eran enterrados en la arena de las playas. Tal vez no era así estrictamente, pero en la misiva es evidente la indignación del párroco por las costumbres funerarias de los porteños al margen de su jerarquía. Por ello exigía a las autoridades que pusieran orden a los, entonces, pocos habitantes del puerto por ese pecado de lesa humanidad, obligándolos a que realizaran los sepelios en el panteón del Presidio y poder cobrarles la cuota correspondiente. Podría darse el caso, pues, de que el terreno de la falda del cerro de Casamata no fuera administrado por el párroco y de ahí su queja.

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En este plano de la ciudad de 1871 se observa que en el sitio marcado como "panteón nuevo" el terreno está divido en dos partes.


De  acuerdo  con  las  versiones  orales  conocidas, el  predio  de  menores  dimensiones  era  el  que utilizaban los mazatlecos no católicos para dar sepultura a sus difuntos, era ese en sentido estricto el Panteón de los Protestantes.

 

Es probable que esa denominación se haya extendido al otro panteón, como réplica sorda del catolicismo acendrado cuando ambos camposantos, el católico y el de los protestantes, en 1859, dejaron de ser estrictamente camposantos para convertirse en cementerios. Debido a la aplicación, en todo el país, de la Ley Lerdo, mediante la que se desamortizaron los bienes eclesiásticos, la Iglesia católica perdió el manejo de los panteones y de las cuotas por entierro que percibía. Los cementerios quedaron en manos gubernamentales.

 

El segundo panteón mazatleco fue el último sagrado y el primero secular. En 1851, cuando se abrió, estaba en manos de la Iglesia católica. Pero dejó de ser tierra sagrada, propiedad eclesiástica, para ser predio profano, propiedad del Estado. Por eso, sin ser el primero en antigüedad, la nomenclatura oficial lo convirtió en el Panteón Municipal No. 1. A partir de 1870 empezó a funcionar ese tercer panteón, el No. 2 de las cuentas gubernamentales. Por esas fechas se cerró definitivamente a nuevos entierros el llamado "De los Protestantes"; sin embargo, las viejas tumbas estuvieron de pie hasta principios del siguiente siglo. Al iniciar los años 20 de ese siglo, la caída de la barda de ese cementerio detonó que la autoridad se decidiera a atender el problema que representaba el predio abandonado del viejo panteón para un entorno ya en proceso de poblamiento. Por entonces, las ruinas del antiguo cementerio eran la referencia para ubicar los campos deportivos que alguna de las primeras ligas locales marcaban los fines de semana para la celebración de juegos de beisbol entre sus afiliados.

 

El Ayuntamiento encontró un primer escollo para intervenir en la regeneración del lugar: la propiedad del terreno del Panteón de los Protestantes era de la Deutsche Verband de Mazatlán, conocida como Sociedad Alemana de Beneficencia de Mazatlán. El representante de dicha sociedad era en 1921 el Sr. Federico Unger. A él se le solicitó la cesión gratuita del terreno y contestó afirmativamente, pero condicionando tal acción a que "en un plazo no mayor de tres años el Ayuntamiento erigiera allí una plaza, parque o lugar de recreo". La formalización de esta donación se realizó el 25 de octubre de 1921.

 

Pasaron casi los tres años establecidos en el convenio aludido y el Ayuntamiento de 1924 empezó a discutir el 7 de marzo de ese año cómo hacerle para cumplir el compromiso, pues de otra manera el Cabildo debía reintegrar a la Sociedad Alemana de Mazatlán la posesión del predio. Curiosamente, el segundo obstáculo que la Comisión de Ornato encontró para levantar allí el lugar de recreo comprometido fue la forma del terreno. El asunto finalmente se resolvió mediante la expropiación al Sr. Antonio Jumilla de una fracción de terreno de mil 804 metros cuadrados, al noreste del antiguo panteón, para con eso darle al sitio "la figura conocida para los parques y plazuelas [que] es la cuadrada o cuadrilonga".

 

A finales de la década de los 20 del siglo pasado, el área urbana de Mazatlán ya se había extendido hasta allá. Además de indispensable, el parque se volvió realidad antes de que venciera el plazo fatal del convenio pactado con la Sociedad Alemana y se le impuso el nombre del General Ángel Flores, fallecido unos meses antes de la apertura oficial de este sitio de recreo. Durante la década de los 30 eran frecuentes las quejas ante el Ayuntamiento por el descuido en que se encontraba el parque. La entrada de burros y cerdos que destruían los jardines y el desaseo de una carpa que estaba establecida en ese lugar eran lo más denunciado.

 

Para el inicio de los años 40, el parque lucía muy abandonado y los requerimientos educativos llevaron a cercenarle una parte al terreno para edificar la Escuela Primaria Gral. Ángel Flores, que fue inaugurada en 1943, junto con la remodelación del parque, ahora convertido en Plazuela.

 

En algún lugar de ese sitio debe estar enterrado, entre otros, el polvo de un tal Juan Pasador, que en la versión popular mazatleca encarna el mito de Francisco Picaluga, el traidor que entregó al insurgente don Vicente Guerrero. Con el cementerio desapareció la tumba donde se encontraba la lápida que recordaba a los vivos la sentencia emitida por la historia local contra Pasador/Picaluga. Cuentan que en ella manos anónimas renovaban con frecuencia, para que no cayera en el olvido, el epitafio "justiciero" de esa tumba. Tallado con carbón, contundentemente rezaba: "traidor a la patria". No hace mucho, a partir de la divulgación del programa "Historias ocultas de Mazatlán" en el History Channel, donde se recuperó esa leyenda, Gustavo Gama divulgó a través de sus correos electrónicos y en su página web la remembranza según la cual la lápida de la tumba de Pasador estuvo exhibida por años en el expendio de una panadería del barrio que creció en los alrededores.

 

FUENTE

Enrique Vega Ayala

Cronista Oficial de Mazatlán

 

http://www.noroeste.com.mx/publicaciones.php?id=730818


FOTOS

peche Rice

Manuel Gomez Rubio


arreglos web

Gustavo Gama Olmos


Mazatlán, Sinaloa

febrero 19 de 2014