www.amigosdemazatlan.com.mx

TESTIMONIOS

de

Mazatlecos


Leopoldo Sánchez Zuber





Fue en 1943. Yo tenía 18 años y aún vivía en mi patria chica: Mazatlán. Desde niño había sentido atracción por la música, no tanto debido a los breves compases de alguna aria de ópera que habría escuchado, sino a las obras de Chopin que mi hermana Yolanda interpretaba estupendamente, y a las sonatas de Mozart que salían por las ventanas con rejas de fierro y persianas de madera, del único foco de cultura, de arte, de sabiduría, de bondad y buen gusto que había en el puerto por aquellas fechas y no ha habido otro igual: la casa de Margarita Ramírez Urquijo, cariñosamente llamada La Nana Ramírez (en Mazatlán todo mundo es "el" o "la").

     Ese año, a pesar del superficial espíritu religioso de nuestra gente, había gran excitación por el próximo congreso eucarístico que culminaría con la entronización de la Purísima Concepción como Reina del Puerto y de los Mares.

Después de vagar por las playas entré a la ciudad, y al pasar por la iglesia escuché un majestuoso sonido como el rugir de un monstruoso príncipe encantado: el gran órgano tubular, que después de años era desencantado por el talento y las expertas manos de un músico excepcional: Miguel Bernal Jiménez. Junto con el órgano se oían frescas las voces de un espléndido coro de niños que suplían los cascados intentos con que una anciana mazatleca solía armonizar las misas dominicales, y que una infortunada mañana, en el esfuerzo de alcanzar un do de pecho, voló fuera del coro su dentadura postiza.

Esta vez era diferente. Entré al templo y me entregué a escuchar. La música me produjo una emoción que no me había producido el coro de Los Cosacos del Don que meses antes se había presentado allí mismo. Lleno de curiosidad detuve a una mujer que pasaba junto a mí y le pregunté quiénes eran aquellos músicos. Me contestó que el organista era un famoso maestro de Morelia, y el coro, los Niños Cantores de allá mismo. Ensayaban el himno a la Virgen recién compuesto por el maestro Bernal Jiménez.

     Al término del ensayo me acerqué a la puerta que conducía al coro para ver a los músicos cuando bajaran, sólo verlos a distancia con la timidez, con el temor, que me producía reconocerme en tan desproporcionada relación con ellos. Caminé hacia el maestro sin poder hablar, y pronto él me notó.

-"Hola –me dijo amable- ¿te gustó el concierto?"

Titubeando, pero decidido a que mi relación con él no quedara allí, y temeroso de que fuera a escapárseme aquella presa salida de un mundo que yo imaginaba sólo dentro de mis discos, contesté:

-Sí, me gustó mucho –e impulsivamente agregué- Lo invito a cenar a mi casa.

El maestro me miró sorprendido.

En aquél tiempo, en Mazatlán, una invitación sin justificación no era extraordinaria. Muchos turistas cenaron en mi casa después de un par de horas de conocerlos. Eran tiempos de mayor espontaneidad.

Como el maestro no respondía, volví a la carga:

-¿Dónde está hospedado, maestro? Yo puedo pasar por usted a la hora que me diga.

-Estoy con mi esposa y mis dos hijos –respondió sin rechazar la invitación.

-Entonces será mejor que mañana a medio día coman los cuatro en mi casa.

Otro hubiera desconfiado de que un muchacho aborigen, quizá mezcla de yaqui y mayo, lo invitara a comer quién sabe qué platillos en quién sabe qué lugar con quién sabe cuales otros comensales. Pero no fue así. La desconfianza no iba con la segura actitud que el maestro Bernal mostraba con quien necesitara de él o simplemente deseara acercársele.

-Y tus padres... ¿estarán de acuerdo? –me preguntó aceptando implícitamente. Yo le aseguré que sí, y lo dije con tal aplomo, que al siguiente día, a la una de la tarde, recogía al maestro, a su esposa María Cristina Macouzet y a sus dos pequeños hijos para llevarlos a mi casa.

 

Sin conocer ni importarle el tamaño intelectual y artístico del invitado, mi madre estaba lista con un sabroso menú. En ese momento tampoco yo sabía que mi invitado era el músico más grande de nuestra patria. Para mí sólo era un organista que me había impresionado mucho.

Después de las presentaciones bienvenidas, el maestro Bernal se detuvo ante una pancarta que mi padre había traído a casa días antes, que mostraba una barra de plata con una franja horizontal en su parte media dividida en tres campos con los colores de nuestra bandera y  con las palabras ACCION y NACIONAL. Las letras eran mayúsculas y de color azul, y estaban en los extremos superior izquierdo e inferior derecho respectivamente. Eso fue suficiente para que entre ellos se  iniciara un  recíproco interés. Durante  la Revolución  la familia de mi padre había sido víctima de un bestial  saqueo, mi madre había sufrido el asesinato de su padre, y en 1929 ambos habían sentido las masacres con que Plutarco Elías Calles y sus huestes acribillaban en Culiacán al pueblo que pretendía llevar a José Vasconcelos a la presidencia. Así que la reciente formación de un partido con signos de eficacia política y administrativa así como de honradez, ofrecía esperanzas, o al menos la ilusión, de que podía volver la cordura al país.

Ya que  mi  padre y el  maestro Bernal  coincidían en su enfoque  político, ambos  sintieran que pisaban terreno  seguro. El resto de la tarde, además de plática hubo música viva: mi hermana tocó al piano un movimiento del primer concierto de Beethoven, y el maestro tocó varios villancicos que nos enseñó a cantar mientras él los tocaba al piano.

Esa tarde descubrimos algunos méritos del maestro, de hecho una porción menor, muy menor: nos enteramos de que era el autor del hermoso himno a la Virgen Reina del Puerto y de los Mares que la tarde anterior había yo escuchado en catedral; de que componía obras para el órgano –nunca imaginamos qué cantidad y de qué calidad-, y de que tenía particular devoción por los villancicos. El único villancico que recuerdo de aquella ocasión es el titulado "Por el Valle de Rosas", pues nos había gustado mucho y lo repetimos varias veces.

Ya para despedirnos, mi padre le ofreció al maestro el silencio la paz de una quinta que tenía junto al mar, por el Paseo Clausen, donde había un quiosco en el que el maestro podría escribir su música o sus libros. Y aceptó.

Los siguientes dos o tres días, el maestro se refugiaba por la mañana en casa de La Nana Ramírez a platicar en un nivel cultural que yo no alcanzaba, y a usar sus pianos para verificar una obra grande que estaba componiendo (se me ocurre que quizás era el Cuarteto Virreinal). Por la tarde yo lo recogía para llevarlo a la quinta de mi padre. Allí lo dejaba unas tres horas concentrado ante un paisaje que empezaba con un mar bravo, sonoro y rebelde, y se seguía plácido hasta las remotas Tres Islas, junto a las cuales se ocultaba el sol lanzando al último momento un rayo de luz verde, y un par de minutos después, las nubes, "arrebatadas en rojos torbellinos", se encendían en monumental incendio.

Sólo  mucho  después me enteré de que Miguel Bernal Jiménez había fundado el coro de los Niños Cantores de Morelia, tan bueno o mejor que los Niños Cantores de Viena, y de que era autor de una amplísima producción musical, de la que sólo mencionaré algunas de sus cumbres, como la majestuosa Sonata de Navidad, el "Álbum Catedral", que el reconocido compositor y musicólogo Tarsicio Herrera Zapién encuentra equivalente al "Álbum para la Juventud" de Schumann, del que el mismo Schumann confesó haber recibido más satisfacciones que de sus obras grandes. Y hablando de la grandeza de sus obras menores, mencionaré que Plácido Domingo cantó por toda Europa elvillancico "Por el Valle de Rosas", y volvió a cantarlo en Viena en su concierto navideño anual de 1996; además, su Aleluya en Sol fue cantado por un conjunto de 200 voces en un festival de coros.

Aunque el catálogo de Bernal Jiménez es extensísimo, su música es en gran parte religiosa. Curiosamente, nunca he encontrado alguna referencia al hermoso himno que le compuso a la Virgen de Mazatlán. Entre sus grandes obras no religiosas se cuenta una ópera cuyo tema es la epopeya de Vasco de Quiroga con los indios de Michoacán. Sin embargo, ya que la promoción de la música culta depende de nuestra burocracia –en ese tiempo no sólo fundamentalista del laicismo sino frontal enemiga del catolicismo-, con un tema que reconocía la labor humanitaria de un franciscano, y compuesta por un autor de conocida fe católica y afiliado al Partido Acción Nacional, se prohibió la presentación de la ópera en el Palacio de Bellas Artes, con el pretexto de que despertaría el fanatismo religioso, lo cual –se dijo- era "contrario a la Constitución mexicana". No obstante, se presentó muy exitosamente en el Teatro Arbeu durante poco menos de un mes con escenografía de Alejandro Rangel Hidalgo, y en todas las presentaciones hubo lleno total. 

De allí pasó a España, donde fue aclamada por el público y por la crítica.

Además de su música, Bernal Jiménez compitió contra el autocrático partido en el poder para un puesto de elección popular, escribió 173 artículos y 11 libros sobre armonía, composición musical y otras disciplinas, que se han utilizado como textos en escuelas mexicanas y del extranjero. Yo mismo estudié armonía en su texto.

Yo, en lo particular, guardo un bello recuerdo del maestro Bernal, de la grandeza de su música, de su mirada dulce y profunda, de su plática generosa, de su imponente presencia. Y hasta hace poco guardaba los originales de unos de sus villancicos que él mismo me regaló.


Por: Leopoldo Sánchez Zúber

 

 

 

Platicando con  el  maestro Hector Olvera Curiel,  comentaba de  los  amigos  que  he  hecho  vía  internet y salió al tema don Leopoldo Sánchez Zuber, quien nos mando un testimonio de su época juvenil  aquí en Mazatlán, el  cual   publicamos  en  la  página  www.amigosdemazatlan.com.mx   en   la  sección: 


Testimonios de Mazatlecos , Leopoldo Sánchez Zuber.


En el, don polo hace este comentario:

Aunque el catálogo de Bernal Jiménez es extensísimo, su música es en gran parte religiosa. Curiosamente, nunca he encontrado alguna referencia al hermoso himno que le compuso a la Virgen de Mazatlán. 


El maestro Olvera  me dice, yo tengo la letra del Himno a la Inmaculada Patrona de Mazatlán

y también la partitura, estas copias me las dio el maestro Héctor Rojas Segovia.


Pues  del  dicho  al  hecho,  me  trajo  las  copias!

Mismas que aquí  anexo  para  deleite  de  todos  nosotros amantes de Mazatlán y su Historia.




 

Fuente:

Leopoldo Sánchez Zuber

Hector Olvera



Arreglos web:

Gustavo Gama Olmos


rescatado  25/09/2013







































himno_a_la_inmaculada_patrona.jpghimno__portada.jpghimno__partitura_1.jpghimno__partitura_2.jpghimno__partitura_3.jpghimno__partitura_4.jpgleopoldo_sanchez_zuber_foto_1.jpg