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ORGULLOS MAZATLECOS


Fernando Valadés Lejarza

La vida de los hombres ilustres del Estado de Sinaloa, como la de Fernando Valadés Lejarza, están llenas de referencias históricas, interesantes anécdotas y hechos de comportamientos ejemplares sobre quienes nos han dado identidad local y nacional.

Don Fernando fue pariente de una cepa de intelectuales famosos como el Doctor Juan Jacobo Valadés, abuelo del periodista José C. Valadés, quien escribía en la columna de “Levantisca Pluma y Ardiente Oratoria”; de su homónimo Don José, historiador del Siglo XIX y padre del jurista Diego Valadés, alguna vez Procurador General de la República; del escritor Edmundo Valadés, autor de “La Muerte Tiene Permiso”, el cual dedicó gran parte de su vida a su revista “El Cuento” con la colaboración de Juan Rulfo; y era hermano del cronista de la Ciudad de Mazatlán, Miguel Valadés.

Hacemos memoria de este distinguido sinaloense, porque Fernando es un claro ejemplo de importantes legados musicales, de inspiradas poesías y canciones dedicadas al amor, a la gente mexicana y de los países Latinoamericanos, así como a su mujer y sus hijos. Para él la familia era el símbolo fundamental de la unión social y el centro de sus relaciones personales.

Sus canciones dedicadas principalmente a la belleza, simpatía, alegría y características de las mujeres y de los valores culturales de la gente que conoció en diferentes partes del mundo, fueron las encargadas de perpetuarlo en varias naciones como Colombia, Nicaragua, San Salvador, Estados unidos, Guatemala, Costa Rica, Puerto Rico, Venezuela, Panamá, República Dominicana, cuyos pueblos supieron honrarle con sendos monumentos.

Los Chapines (guatemaltecos) abrieron las puertas de su Conservatorio Nacional de Música para que Fernando ofreciera ahí un concierto a inicios de los años 70’s. No podía ser de otro modo pues a ellos dedicó “Patojita”, voz que en lenguaje popular de allá significa Niña. A nuestros hermanos “Ticos” les regaló “Ojitos Salvadores”, cuyo título no necesita explicación. Algunos comentaristas de la prensa internacional han circulado versiones que “Valadés es Sudamericano”, incluso hay quien lo supone vivo.

En Santo Domingo es considerado como símbolo de la revolución dominicana tras el derrocamiento del presidente Trujillo. Gracias a su fama como un gran artista, existe una anécdota en la cual los revolucionarios se cobijaron bajo su  amparo, llevando una manta que decía “No, disparen, aquí viene Fernando Valadés”. Estos revolucionarios son los actuales funcionarios públicos en aquel país.

En muchos lugares su nombre les es muy familiar, pues aún hasta la fecha perdura su recuerdo en el pensamiento de hombres y mujeres que lo acompañaron durante su corta trayectoria como compositor y cantante y que aplaudieron hasta el cansancio durante sus presentaciones en los mejores teatros, auditorios y casas privadas de políticos, intelectuales y artistas amigos.

Don Fernando murió durante la etapa más productiva de su vida. Sus éxitos más conocidos fueron “Asómate a mi Alma”, dedicada a su esposa Lucila, quien fue la musa de sus primeras canciones, y “Porqué no he de llorar”, inspiración que brotó al momento en que perdió a su madre.

El famoso Teatro Blanquita de la Ciudad de México, lo recibió en muchas de sus presentaciones, así como algunos homenajes de televisión que recibió aún en vida. De hecho el viajaba constantemente por todos los rincones de México para llevar sus composiciones, a veces era acompañado por otros músicos, como el guitarrista Claudio Estrada, manejando Fernando su propio carro, un Impala, el cual lo llevó algunos años por muchas regiones del país.

Sus aspiraciones artísticas no sólo le dieron fama en la poesía y la música, era un labrador de madera excepcional, cuyos muebles de caoba se encuentran en los hogares de muchas familias mexicanas, gracias a su faceta empresarial. Como negocio, llegó a vender muebles a las tiendas de Liverpool de la Ciudad de México.

Además fue un promotor del Cine Móvil, que nos recuerda a la famosa película de Cinema Paraíso, pues el iba a los pueblos y rancherías de Sinaloa, poniendo una carpa y sillas, para que la gente de bajos recursos, tuvieran la oportunidad de poder ver películas en sus propias localidades y a precios accesibles, como lo señala el compositor Faustino López Osuna, oriundo de Agua Caliente, quien recordó en entrevista en el Sol de Mazatlán (abril/2007) que Valadés tenía una discapacidad física que lo obligaba a caminar con muletas, y cuando llegaba a su pueblo a dar funciones de cine, en una camioneta que adaptó él con palancas en el clutch y acelerador para maniobrar con las manos, todos los chiquillos le ayudábamos a bajar y acomodar los instrumentos para la función y ganábamos así la entrada libre.

 

De hecho Don Fernando, apoyó a mucha gente con discapacidad en sus piernas, pues reconvertía carros para adaptarlos a este tipo de personas, para convertirlos en conductores que utilizaban sólo sus manos en las maniobras automovilísticas. Sus habilidades en tornería y mecánica, le hicieron contar toda su vida con maquinas especializadas, con las cuales hacía infinidad de trabajos para su casa y sus amistades.

En sus múltiples viajes al y desde el Aeropuerto, cuando iba o regresaba de sus giras nacionales o internacionales, Luis Cárdenas alias “El Largo”, era el taxista encargado de transportarlo, por lo cual cultivaron una gran amistad y cuenta uno de los hijos de este conductor que cuando pasaba por la 21 de Marzo donde vivía Don Fernando y el maestro estaba tocando el piano, le lanzaba algunos gritos, lo cual provocaba un saludo entre taxista y compositor, donde esté último procedía a hacer sonar con más fuerza su piano.

 Otro incidente curioso en la vida del artista nos cuenta su hija Conchita Valadés de Boccard, hija menor de Fernando y quien amablemente nos concedió una entrevista en “Casa Lucila”, un bello hotel boutique ubicado en Olas Altas, quien nos dijo como cuando el artista visitó Guasave, los entusiasmó tanto que no quisieron que nadie en la ciudad se quedara sin escuchar al músico, por lo cual ingeniosamente adaptaron una góndola con una bocina, cantando y tocando Fernando sus éxitos a lo largo y ancho de sus calles, para regocijo de sus pobladores.

Al igual que su hermano Miguel, Fernando era amante del arte fotográfico y contaba con un magnífico equipo que siempre llevaba consigo. Me platica su hija Conchita, que del cúmulo de imágenes disponibles se está seleccionando un material que acompañará la biografía de Don Fernando en su libro de próxima edición.

Estas canciones fueron también grabadas por el trío “Los Santos”, así como “Yolanda y los Perla Negra”, y algunos otros, como Ángela Carrasco, María Victoria y Carlos Cuevas.

 La canción “El Diccionario” fue recibida con entusiasmo por su letra y ritmo contagioso, la cual se cantaba con frecuencia en las escuelas de Sinaloa, así como “Cántale Mar”, dedicada a sus recuerdos marinos y vistas en las playas de Mazatlán, por los amaneceres y atardeceres de este bello puerto. “Regalo del Cielo” es una canción que se adjudican varias de sus hijas, dado lo hermoso de su letra.

 Uno de sus entrañables amigos fue, Mariano Rivera Conde, oriundo del pueblo de La Noria, director artístico de la RCA y quien le abrió las puertas de la fama en la década de los 60’. El legado artístico de Don Fernando incluye más de 300 canciones, las cuales están en manos de los hijos, así como todos sus discos de oro y de platino, que ganó en el extranjero y en México.

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Un pasaje con la obra y el anecdotario de este orgullo de Sinaloa,

 lo podemos encontrar al visitar “Fernando Jazz Bar” de “Casa Lucila”,    

allá frente al monumento a Pedro Infante, acompañado de la hermosa 

bahía de Olas Altas  y la continua presencia de las grabaciones musicales 

del Maestro Fernando Valadés.

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FERNANDO VALADÉS LEJARZA


 EL NIÑO Y EL JOVÉN


Corría el año de 1920 en el bello puerto de Mazatlán, Sinaloa, en una mañana soleada y golpeada por la brisa del mar, donde la familia de Doña Esther Lejarza de Valadés, estaba reunida pues ya llevaba nueve meses de embarazo y en aquella época los hijos solían nacer en la casa de sus padres. Estaba en su plenitud la primavera en el día 1° de abril, donde los mangos frutales de la casa se encontraban en su momento floreciente.

Después de degustar un clásico desayuno sinaloense, Doña Esther anunció comenzar a sentir fuertes dolores de contracciones y la ruptura de la fuente, pues ya venía para ser recibido con amor y deseo el nacimiento de su cuarto hijo, apresurándose la partera y los familiares a preparar las mantas, el agua caliente y el instrumental médico.

Como un angelito coronado en el cielo, nació su cuarto heredero. Un pequeño varón de casi tres kilos de peso, de piel blanca y apiñonada, con un poco de pelito, cuyo primer grito anunciaba la llegada de quien sería un gran compositor.

Mazatlán es un puerto natural del pacífico, el cual durante siglos fue visitado por marineros de diferentes nacionalidades, y por ello, las raíces del viejo continente y sus valores, permeaban la cultura y las tradiciones de la localidad.

Doña Esther había tenido ya tres preciosos hijos cuyos nombres habían sido escogidos con mucho amor y todos ellos eran los clásicos nombres que en esa época eran seleccionados para no olvidar el origen de sus antepasados españoles, con un ímpetu conservador característico de esa zona de gran arraigo en el país.

 

Los tres primeros hijos se llamaban Carlos, Adrián, Miguel y el recién nacido recibiría el nombre de Fernando, el cual representaba una fuerte convicción de honor y respeto, pues existían muchas historias heroicas de antepasados con el mismo nombre.

La partera puso al recién nacido en los brazos de su madre, y un grito de ya nació y es varón, recorrió los pasillos de la vieja casona de los Valadés, familia reconocida y de buena posición económica en el puerto.

La bella casa de los señores Don Carlos G. Valadés y Doña Esther Lejarza de Valadés, tenía de más de 50 años de haber sido construida y estaba perfectamente conservada, ubicada en la zona centro de la ciudad, con techos muy altos y grandes ventanales, para mantenerla fresca en los tiempos de calores veraniles.

La casa era enorme, para una gran familia, la cual había sido decorada con muebles del siglo XIX. En sus vitrinas se podían observar porcelanas chinas, francesas e italianas. Las paredes estaban adornadas con pinturas originales de la época de Napoleón Bonaparte. Dos de ellas eran de la guerra de Waterloo. Los manteles y todos los blancos para las recámaras eran de lino, organza y sedas traídas desde Europa, para decorar el comedor y las recámaras de la casa.

Los ventanales eran de cristal cortado. En el interior de la casa había un patio tipo claustro adornado con macetas de Talavera y con un jardín repleto de plantas de la región que daban frescura al lugar y que se podían ver desde cada una de las ventanas de la casa.

Cada uno de los niños tenía su nana. Al pequeño Nandito como lo llamaban así de cariño, le habían asignado a una jovencita muy madura y responsable para su corta edad, quien le dio además de cuidados para su salud y alimentación, un trato cariñoso y jovial, el cual marcaría junto con el amor de sus padres, un carácter alegre y risueño de un artista inspirador.

La nana fue visitada años después por los hijos de Don Fernando en un restaurante de tradición en la Plaza de la Machado, enfrene del Teatro Ángela Peralta, el cual le llaman El Túnel, de comida mazatleca. Ya siendo viejecita, murió en el año 2000, dejando muchos recuerdos de cariño y agradecimiento de la familia Valadés.

Los hermanos Valadés fueron criados en un ambiente cultural de música y poesía, junto con sobresalientes actividades manuales de la carpintería y con alta tradición marítima, pues siempre participaron en la pesca y en la construcción.

Uno de los hermanos fue capitán de puerto, otro vocero de la Ciudad de Mazatlán y fabricante de lanchas marinas, y el otro comerciante.

La principal influencia artística de Fernandito inició con su padre, Don Carlos, quien viajaba constantemente a la Ciudad de México. Era un poeta joven con un talento creativo desconocido hasta ese momento y que desgraciadamente no se pudieron publicar sus poemas, porque en una de sus visitas a la capital del país, con sus escritos en la mano y viajando en un carruaje de caballos al estilo de los que usaban Maximiliano y Carlota, fue mordido por una víbora de cascabel mientras descansaban en un tramo de la zona del Estado de Nayarit.

 

Por más esfuerzos que hicieron sus acompañantes para llevarlo a Tepic con vida, no lo lograron. Dejando en tragedia a una familia cuyo sostén dependía del trabajo de un hombre fuerte, el cual a su muerte apenas tenía la edad de 29 años.

Su esposa, queda viuda en la plenitud de su belleza y juventud, llevando en su vientre a su quinto hijo varón de 5 meses de gestación y que al nacer lo bautizaron con el nombre de Cesar.

Doña Esther, una mujer de rasgos finos y elegantes, se vio obligada a transformar su hogar en Casa de Huéspedes, para poder mantener a sus cinco hijos y a su madre Doña Manuela Osuna, viuda de Lejarza, quien en ese momento todavía vivía en La Noria, Sinaloa. Un pueblo muy pintoresco que hasta la fecha se conserva casi igual como en el siglo antepasado.

La casa de Doña Esther abarcaba la mitad de la cuadra y las remodelaciones se llevaron muchos meses hasta su conclusión. Por ser una madre dedicada por entero a sus hijos, ella nunca se volvió a casar y apoyada por Doña Manuela, comenzaron sus nuevas actividades para un turismo incipiente pero de gran oportunidad en el futuro. Ambas damas eran muy queridas y respetadas por todos los habitantes de Mazatlán.

De hecho los apoyos de un pueblo unido, con la esperanza del México posrevolucionario y las crecientes inversiones en lo que sería un puerto internacional, permitieron a la Casa de Huéspedes, progresar durante muchos años.

Nandito era un niño muy juguetón y alegre, adoraba a su nana, que siempre estaba con él. Cuando Fernandito tenía dos años de edad, una de las sirvientas, mujer nerviosa, atarantada y analfabeta, confundió el azúcar con un polvo para matar hormigas y otros insectos y se lo puso al biberón del niño. El efecto que ese error produjo fue una tragedia para Doña Esther, pues aunque lograron mantenerlo con vida, al niño le quedaron secuelas de paralización en las piernas, cuya equivalencia sería parálisis infantil o poliomielitis.

Su madre, Doña Esther movió cielo, mar y tierra para que Fernandito recuperara totalmente sus piernas y tuvo que movilizarse para llevarlo a Estados Unidos, donde los adelantos en medicina para este tipo de parálisis eran considerados los más modernos en esa época.

Ya habían logrado rehabilitarle casi en su totalidad una de las dos piernas, la derecha, cuando Doña Esther recibe la noticia de la muerte de su madre Doña Manuela. Con todo el dolor en su corazón por haber perdido a su madre y de haber pospuesto el tratamiento de Nandito, tuvo que regresar a Mazatlán para hacerse cargo de la Casa de Huéspedes y de los otros niños. Nunca pudo Doña Esther regresar a Estados Unidos para seguir con la recuperación de su hijo.

Fernandito pasó a ser el hijo predilecto de Doña Esther. Desde muy chico ella observó sus cualidades musicales, las cuales fueron desarrolladas a partir un piano de cola Weinbach que había sido traído desde Alemania a principios del siglo XX, el cual se encontraba en la sala de la familia Valadés.

El pequeñito se pasaba largos ratos picoteando el piano y cuando tuvo edad suficiente para aprenderlo, Doña Esther contrató a un profesor para que le diera sus primeras clases. Ella observó el amor que el niño tenía hacia los animales, así que le consiguió un perrito pastor Alemán, llamado por él como Loco.

 

Con su mascota y su piano pasaron los años de Fernandino, quien se convirtió en un joven guapo, fuerte y talentoso. El uso de sus muletas nunca fue un obstáculo para que hiciera todo lo que cualquier persona sin impedimento físico pudiera hacer.

Se pasaba las tardes en el malecón de Mazatlán deleitándose con las puestas multicolores del sol, las cuales se ven desde cualquier punto del puerto, hoy día considerado como uno de los más bellos del mundo. Viajaba en una moto, del tipo de las películas que usaban los encargados de los correos en épocas de la Segunda Guerra Mundial.

Fernando había entrenado a Loco, para besar como él decía, a las muchachas bonitas del puerto. Bastaba una señal dirigida de su amo, para que su perro corriera a lamerle la cara a las guapas de Mazatlán. Fernando se reía y así aprovechaba para acercárseles y platicar con ellas.

Él era un atleta consumado a pesar de su discapacidad, la cual nunca fue un impedimento a sus logros, ni tampoco se las hizo sentir a sus hijos, destacándose como un excelente nadador y le gustaba mucho el manejo de las lanchas de remo, pues como buen bisnieto de piratas, poseía una enorme espalda y fuertes brazos.

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Siendo muy Joven aún, a los 18 años de edad, ya era todo un gran profesor de piano. Iba a las casas de las niñas ricas de Mazatlán a darles clases. Un buen día durante una de sus visitas con una de las hijas de la Señora María Loubett, de familia bien acomodada, como se decía en aquella época, vio como detrás de unas cortinas se asomaba la cara de una jovencita, que intentaba observar la clase.

 

Era la sobrina de la Sra. Loubett y que se había ido a vivir con la tía para ganar unos pesos, pues su madre Doña Marina Tirado Vda. de Valdez había quedado desamparada al morir su esposo Don José C. Valdez, cobrador de impuestos, asesinado por un tipo gordo, ratero y macho que se opuso a pagar las cuotas que el gobierno le exigía.

Dichas cuotas eran el pago de los impuestos legales correspondientes para el municipio de Concordia, Sinaloa, en Aguacaliente de Gárate. Este pequeño pueblo está ubicado a 30 kilómetros de distancia de Mazatlán. Pueblo típico y pintorezco de la época de finales del siglo XIX.

Todavía conserva este lugar su personalidad de pueblo antiguo y la belleza de sus mujeres sigue siendo hoy en día, de las más guapas de la región. Visitar este pueblo, el día de la virgen y el festejo de la cosecha de “La Ciruela”, para ver la coronación de su reina, es un agasajo al ojo masculino. Niñas guapísimas que podrían competir en cualquier evento de belleza mundial, las cuales tendrían grandes probabilidades de ganar.

La cara que se asomaba por detrás de las cortinas en la casa de la Sra. Loubett, era de una de esas bellezas de Aguacaliente, de nombre Lucila. Contaba entonces con 16 años de edad y la gente que la conoció, hasta la fecha no dejan de recordarla como “una de las mujeres más bellas que han visto en su vida”.

Las andanzas de cupido eran inevitables, pues Fernando quedó prendado de la belleza de Lucila y nunca dio marcha atrás en su esfuerzo por conquistarla, pues lo consiguió, gestándose un amor transmitido a sus hijos.

En Aguacaliente y Mazatlán fueron famosas las serenatas del joven Fernando, en razón de que Lucila se convirtió en fuente de inspiración para una gran cantidad de canciones de fama internacional. Especial momento lo representaba el día 20 de junio, fecha de nacimiento de la bien correspondida jovencita. Ella se enamoró de un hombre que la hizo inmensamente feliz, dedicado en cuerpo y alma a cortejarla y amarla.

La belleza de Lucila era tal, que cuando las personas la conocían se preguntan: “si esta mujer tuviera hijas con el 15% de la belleza de su madre, serían guapísimas”. Fernando era guapísimo y un joven noble. Todos sus hermanos querían enamorar a Lucila, pero ella se fijó en él, por ser el más caballeroso, creativo, atractivo e inteligente.

 Este extraordinario artista y compositor, amante de su tierra y de sus mujeres, cuyas canciones hablan por sí solas, quedará eternamente en nuestros corazones y en aquellos que escuchen sus románticas canciones.

 

  

 

 

 

FERNANDO VALADÉS LEJARZA


ESPOSO Y PADRE AMOROSO


 


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La historia de Fernando Valadés Lejarza, incluye a un esposo y padre amoroso, pues al casarse con Lucila Valdés Tirado, teniendo él 19 años y ella 16, inicia una historia de dos seres que se amaron intensamente, quienes procrearon 13 hijos, 8 mujeres y 5 hombres. Sus nombres en orden cronológico son: Alma Manuela, Lucila Esther, Marina, María Esther, Fernando, Eduardo, María del Rosario, Sandra Leticia, Sonia Guadalupe, María Concepción, José Guillermo, Manuel y Sergio.

De esta unión hubo también un nonato y nació otra hija la cual sólo vivió un mes, quien fue llamada Adriana. En ese trágico hecho la abuela Esther Lejarza de Valadés, comentó que el ángel de esta hija había venido por ella, falleciendo también al poco tiempo esta notable mujer.

La mayor de las hijas, Alma, fue la reina del pueblo en un memorable e inolvidable Carnaval de los años sesenta. En aquel febrero, la reina era seleccionada por el número de cacharolas o corcholatas de refrescos como suele llamárseles.

Alma representada una candidatura de la gente común del pueblo, mientras que su principal competidora a una de las familias más ricas del Mazatlán. Al verse en desventaja esa familia acaudalada compraron muchos refrescos de cola, para llenar la alberca y ganar la recta final. Fue tal la indignación del pueblo, que la gente se arremetió al carro alegórico de la pobre muchacha, y Don Fernando de inmediato intervino, para evitar un desastre. Pero la conclusión terminó favoreciendo a un segundo carro alegórico para Alma, quien fue ovacionada por quienes la veían pasar.

En boca de cada uno de sus hijos, todos los recuerdos son acerca de un padre amoroso, muy responsable, el cual les inculcó siempre vivir con dignidad, cariño, respeto y valentía.

Cuando niños, solían jugar canicas los hijos con Don Fernando para tirar en dos equipos y de lado a lado, muñequitos de plomo que él hacía, sacando el material de las baterías de los coches, en moldes diseñados por ellos.

Las habilidades de carpintería de Don Fernando, las heredarían dos de sus hijos, las cuales se convertirían en su forma de vida profesional. En este noviembre de 2008, todavía 12 de sus hijos viven y sólo el mayor de los hombres, con su mismo nombre, ya falleció hace tres años. Era una persona alegre y jovial, a quien le gustaba poner apodos y gastaba bromas con todos. Su partida producto de un infarto fue inesperada y dolorosa.

Don Fernando, dejó a esta vida heredando a sus hijos una infinidad de lindos recuerdos, pues era un hombre de lleno de cualidades, de gran inventiva, excelente narrador de cuentos infantiles, los cuales nunca terminaba en un día, dejando siempre en suspenso la historia para la tarde o noche siguiente.

Se caracterizaba como un padre apapachador, pues le encantaba sentir a sus hijos cerca de él, dejándoles siempre la sensación de su gran amor y paternidad. Rascar la espalda o la lucha de cosquillas, eran de sus pasatiempos favoritos.

Teniendo a un destacado pianista en casa, los recursos de la niñez de sus hijos están llenos de despertares musicales, de reuniones de bohemia familiares, así como de tardes de cine, del repertorio de películas que guardaba con mucho orgullo, desde temas infantiles de aquella época, hasta clásicos de Charly Chaplin y el Gordo y el Flaco, entre otras más. Era un Mazatlán donde la televisión apenas comenzaba a ser parte de los hogares.

A pesar de haber tenido tantos hijos, con las dificultades que implicó alimentarlos, educarlos, vestirlos y amarlos, siempre recurrió a los pequeños detalles y a los juegos colectivos para estar con ellos. Las fiestas de cumpleaños con las mañanitas en el piano nunca faltaron, además de hacerlos sentir a cada uno de ellos como especiales.

Fernando es un ejemplo de excelente padre y esposo, pues Lucila contaba siempre con él y juntos dieron sólidas bases morales y educativas a sus hijos. El amor por su esposa se presentaba todos los días de su vida, y fue el mejor ejemplo para hacer de sus hijos, mujeres y hombres de bien.

Fue profesor de piano de la mayoría de sus hijos y un promotor de la cultura artística en su natal Mazatlán. Su esposa fue una madre dedicada al cuidado de sus hijos y un pilar fundamental para la familia, pues contaba con una innata sabiduría y un particular conocimiento de medicinas naturales.

Los consejos, enseñanzas y el amor de Fernando y Lucila, supieron moldear de forma libre a las diferentes personalidades de sus hijos, los cuales integraron personalidades desde la genialidad inventiva, hasta la bohemia, pasando por ingenieros, intelectuales y médicos.

 

Las delicias culinarias que preparaba doña Lucila, hacían para Fernando y sus hijos, una dicha adicional a sus vidas. Famosos platillos eran la carne con cerveza, los frijoles puercos estilo Sinaloa, los tamales de guisado, las tostadas de carne deshebrada, las mariscadas, así como deliciosos postres. Esta es una familia clásica mazatleca, con diversiones sanas y de padres ejemplares.

Su bella esposa Lucila muere a los 55 años de edad por un cáncer en el mediastino, en marzo de 1980 y él con la tristeza de perderla cuando le anunciaron que ella estaba desahuciada, muere tres meses antes, de un infarto al miocardio en diciembre de 1979.

 

Fernando Valadés es un orgullo para su familia, para México, Sinaloa y Mazatlán.

 

Joaquín López

articulo de proxima publicación

Biografia y fotos  proporcionadas por su hija

María Concepción Valadés Valdés





arreglos: 

Gustavo Gama Olmos