JULIO Y GRACIA.... MIS PADRES        YO COMO A LOS 4


La primera etapa en Puebla fue muy tranquila, frente a la casa había un terreno muy grande que aparentaba ser un parque, lleno de maleza a través de la que hacíamos caminos y por lo pequeños que éramos daba lo mismo si estábamos ahí o en el corazón de la selva africana, subíamos a los árboles, corríamos, jugábamos escondidas, andábamos en triciclo y todo era un juego, época de cero responsabilidades. ¡QUE PADRE!

 

Por el trabajo de mi papá me tocó ser de los primeros en conocer las neveras despachadoras de refrescos (1951), trabajaban con fichas y para sacar la botella debías hacer girar un gran cilindro similar al de una pistola revólver, era divertido y con tal de sacar las botellas tomaba más refrescos  de lo debido.

Llovía mucho, se inundaban las calles y de  las coladeras salían unas ratas del tamaño de conejos, que miedo, pero es verdad.

Cerca estaba el Hospital Civil y un día se escapó un loquito que terminó dentro de la casa, se imaginarán el griterío y el relajo que se armó, mi Mamá abrió la puerta trasera y la del frente y el amigo salió tan campante como entró, sin hacer nada ni molestar a nadie, pero no sin haber quedado en mi memoria.

En Coatzacoalcos (1953), mi casa tenía algunas de las ventanas de tipo deslizante hacia arriba, con unos protectores de hierro de forma curvada y yo podía meterme en ellos, cerrar la ventana y jugar a que era un gran piloto de avión de guerra, volé muchas horas y sostuve grandes batallas en mi supuesto avión y desde luego nunca fui derribado, ningún enemigo era mejor que yo.

En Coatza conocí  las iguanas, las zarigüeyas y una que  otra culebra que de repente  merodeaban por el patio  de la casa. Sin embargo con todo el contacto con la naturaleza que tuve durante mi vida, los animales NO me gustan, me agrada verlos en un zoológico y en el cine o la televisión pero no estar cerca de ellos, por lo general me dan miedo. No logro distinguir cual es venenoso y cual no.

Aunque para algunos parezca increíble en esa época no existía la televisión, las tardes y noches antes de dormir transcurrían con reuniones familiares, mi mamá tocaba la armónica, la guitarra y cantaba muy bonito, también se escuchaba la radio con programas  como  Cri-Cri el grillito  cantor, radio novelas de misterio  como  Carlos Lacroix  (dicen  que se pronuncia  Lacroa) y otros programas de entretenimiento. Son bonitos recuerdos que aparecen de vez en vez en mi memoria.

Mis primeros días de escuela  pasaron en la “Artículo 123” de eso sí  ya no tengo recuerdos, seguro que no me gustaba la idea de  ir a clases o  estaba  tan  contento que  no lo grabé en el disco duro.  A  mis  papás  les gustaba  mucho salir los fines de semana, algunos  simplemente  los  pasábamos en  las  playas de alrededor y otros se organizaban paseos en  coche, una vez llegamos hasta Salina Cruz, en Oaxaca, recorriendo la carretera transístmica donde me  sorprendía mucho la fuerza del  aire en la zona de la ventosa, era tal que lograba voltear a algunos vehículos y hasta camiones, yo creo que dependía de la velocidad, tanto del viento como del vehículo y aprovechando un  pequeño columpio de  la carretera  donde la  gravedad  reduce su peso salían volando, eso digo yo, pero se  veían varios en el trayecto. Esa era un área desértica llena de matas raras (para mí) y el viento las hacía correr sobre el suelo dando un espectáculo interesante. El paisaje era muy árido y lleno de arbustos espinosos como güizaches, muchas partes vacías, polvoso, seco.

En todos esos viajes, mientras nos desplazábamos, la actividad principal era cantar a dúo con mi mamá o en su defecto avisar al piloto cada vez que se acercaba una curva del camino o un puente o algún otro “obstáculo” para que así él pudiera tomar las precauciones necesarias.

En esa época se pasaba a Minatitlán en panga y se comían unos tamales muy sabrosos que se llamaban “chanchamitos”; también recuerdo que el cruce era folclórico pues un señor que estaba en la panga tocaba música con un serrucho, sí de verdad, golpeaba un serrucho de carpintero con un palito con la punta de hule     y al doblar más o menos el instrumento, o golpear arriba o abajo, daba notas diferentes y si además lo movía entonces la nota vibraba, era sorprendente.

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Salíamos cada vez que se podía, e íbamos a los ríos, lagunas, bosques y lugares pintorescos de los alrededores de donde vivíamos. Los días de campo comiendo sándwiches y huevos cocidos fueron muy comunes y significativos, usábamos una camioneta pick up de la Coca, que era la que tenía a su servicio mi Papá, con una lona   se hacía un techo en la parte trasera y a viajar.

Recuerdo que en Cozoleacaque las mujeres lavaban la ropa en la orilla del río, a la vera de la carretera y lo hacían con el torso desnudo, una gran falda amarrada a la cintura y nada más. Creo que fueron mis primeras lecciones de Biología.

Ahí en Coatzacoalcos, todas las mañanas amanecía el mercado con unos altavoces tocando música, en aquel tiempo la de moda era el gorrioncillo pecho amarillo, así que en lugar de despertar con el trino de las aves canoras, se despertaba uno con el gorrioncillo enamorado de una calandria ingrata, desde luego a todo volumen.

Todavía tengo en mi codo izquierdo la cicatriz que me dejó un corte profundo del enlaminado de un techo a donde saltando por el balcón de mi casa, pasábamos para cortar mangos y almendras de los árboles del vecindario, el techo estaba mojado y resbalé.

Las almendras las poníamos a secar al sol y después se les sacaba la pepita para mandárselas a mi abuelo  a Monterrey, nunca pregunté por qué pero así se hacía. Claro que en la operación de sacar las pepitas, unas se iban para Monterrey y otras para adentro, era nuestro pago por separarlas.

De verdad que no hay otra época más chévere que la de ser niño, con la inocencia y la muy corta estatura,  todo te parece enorme y haces un juguete o una gran historia con cualquier cosa que hoy te parecería de lo más normal.

He tenido oportunidad de regresar y ver de nuevo algunas de las cosas que menciono y ya no tienen el encanto de antaño, quien sabe si es que crecí o se hicieron pequeñas. Puedo asegurar que esta sensación la tenemos todos, la casa donde viviste, la escuela, el árbol, el auto, la escalera, todo lo vimos enorme, si regresas lo verás completamente normal, éramos niños.

La segunda vuelta a Puebla fue como para mis ocho años (1955), la casa era muy grande de estilo antiguo, en la 16 de septiembre, casi frente a la iglesia de Nuestra señora del Carmen. Con cajas de cartón me hice una casita de mi tamaño, donde pasaba mucho tiempo jugando.

También recuerdo que los camiones de pasajeros Estrella Roja, encerraban a la vuelta y el deporte favorito de la palomilla era colgarse de las escalerillas traseras, avanzar unas cuadras y bajarse para empezar de nuevo. 

 A más de uno lo arrojó el camión al suelo resultando seriamente raspado y medio dañado.

Hago la aclaración que en aquellos tiempos los camiones de pasajeros llevaban el equipaje y los pertrechos en una canastilla en el techo y no en la parte baja como es hoy.

Ahí también fue tiempo de ir a la matinée, caminábamos unas ocho cuadras hasta llegar al cine, en esa época  se podía andar tranquilamente por la calle sin ningún temor, cuando mucho y yo creo que más bien para que nos frenáramos un poco, nos inventaban que había roba chicos y que deberíamos tener cuidado de no hablar con extraños pero la verdad, nunca sucedió nada. De regreso comprábamos algunas chácharas o alguna revista del Halcón Negro, el Llanero Solitario, la Familia Burrón o cualquier otra que estuviera de moda y con una paleta helada en la mano regresábamos a casa sintiéndonos todos, los dueños del mundo.

Es ahora cuando se inventa la televisión y pasábamos buen rato viendo programas como Fuerte Apache (Rin Tin Tin), Lassie, Patrulla de Caminos, o los concursos de aficionados al canto.

Los vecinos nos juntábamos en la casa de uno que tenía aparato, pues no todos lo podíamos tener y se organizaban las tardeadas alrededor de la tele y al anochecer, todo mundo a su casa de regreso.

En la iglesia del Carmen, estaba de encargado un sacerdote (el padre Elías) que nos dejaba entrar a jugar  en los techos de la iglesia llenos de cúpulas de diferentes tamaños que nos daban un escenario perfecto para jugar a las escondidas o policías y ladrones. También indios y vaqueros ya que a ninguno le faltaba su pistola de fulminantes (chinampinas), era muy común que todos tuviéramos una.                                                     

 

Además nos prestaba un cuadrilátero de boxeo donde nuestra fantasía organizaba peleas entre nosotros mismos y que considerábamos de campeonato. Alguna vez nos robamos una botella de vino de consagrar, que al final no bebimos porque se nos hizo que estaba demasiado fuerte, éramos todos unos chamacos que también hacíamos algunas cosas malas, pero desde luego, sin perder la inocencia.

 

Estudié el cuarto y quinto de primaria en el Colegio Benavente y ahí mismo fue donde hice mi Primera Comunión. Mi Papá no era muy de religiones, mi Mamá un poco sí, pero a todos los hermanos nos bautizaron, confirmaron, comulgaron y demás, para luego dejarnos a cada uno elegir basados en el famoso libre albedrío, el camino que cada quien prefirió.

Siempre he sabido que estudié en una “Universidad” con muchas carencias, que inclusive la formación teórica no era de “muy mucho primer nivel”, pero también sé que en ese plantel nos inculcaron los conocimientos teóricos y prácticos suficientes para enfrentar y resolver los problemas con ingenio, quizá no con muchas matemáticas, termodinámica u otras de esas ciencias ocultas, pero sí con habilidad y sentido común.

El cuerpo de Maestros hizo todo lo humanamente posible para pasarnos sus conocimientos y sus experiencias, ahora sólo recuerdo algunos nombres, pero sus figuras y sus maneras las llevaré conmigo siempre.

Para un egresado de la Náutica no existen los problemas, todos son oportunidades, siempre tendrá uno o más caminos para resolver las cosas.

Siempre que viene al caso uso una frase que aunque no sé de dónde salió me sirve para darme ánimo:  

        

“No importa que la mar ruja, mientras haya vapor en las calderas”


La verdad es que hoy, pienso en aquel tiempo y no viene a mi memoria ninguna cosa desagradable, y aunque de seguro las hubo, no debieron ser tan graves donde ni siquiera las recuerdo.

Las novatadas, quizá en su momento nos molestaron y nos parecieron infames, la verdad ninguna me dejó huella que no se borrara con el tiempo. Antes de terminar la carrera ya no me acordaba de ellas.

 Los arrestos, cómo los rabiamos, aunque no quisieras eras víctima de cualquier amargado que te colgaba una estrellita aunque no tuvieras nada que ver con ella, moverse en filas, llegar tarde, hablar, cama sin estirar, zapatos o hebilla sucios, en fin, una lista interminable de causas, reales o no, pero suficientes para encerrar a cualquiera.

 Ismael Mejenes Quijano, el capitán que nos trataba como si fuéramos sus soldaditos de plomo, y que al final terminamos sacándolo de la Escuela.

Las armas, no queríamos usarlas pero tampoco queríamos que nos las quitaran, era uno de esos sentimientos encontrados nos gustaba lucirlas pero no que nos exigieran más de la cuenta.

En este mismo colegio entré al Grupo 10 de los Scouts, siempre me gustó mucho la vida del monte y andar de caminatas, así como recorrer cerros y veredas para comprender un poco como es que las diferentes cosas se producen y llegan a la ciudad y desde luego ver los diferentes animales del campo y hasta donde era posible las costumbres de la gente que vivía ahí.

Recuerdo muy bien una excursión al “Cofre de Perote” en el Estado de Veracruz, nos subieron a un autobús  al anochecer y nos trasladamos hasta donde era posible llegar en el camión, de ahí iniciamos a pié el ascenso hasta la cima, pero para esto ya habíamos estado despiertos toda la noche, pues aunque se suponía que durmiéramos entre bromas y canciones nadie lo hizo, sube y sube hasta un poco antes del amanecer, de repente encontré una gran piedra plana y se me ocurrió acostarme, según yo un momentito para descansar, me quedé dormido….. al despertar ya había amanecido y a mi alrededor no había nadie, la neblina cubría todo, pensé que me había perdido y me asusté, pero a los pocos minutos entre la bruma descubrí que estaba a unos metros de la base del cofre y muchos de mis compañeros estaban ahí, qué alivio, lo habíamos logrado y no estaba perdido.

Para  el  sexto de primaria en el  Colegio Motolinía ya  estaba viviendo en Morelia (1959), ahí  es  donde realmente inicia la vida de  adolescente, Secundaria y Preparatoria en  el  Instituto Valladolid (CUM) con tiempo  para pertenecer al Grupo 1 de Scouts y  ser monaguillo en  la capilla  de  Nuestra Señora  de  Lourdes, donde  el padre  Gabriel Ibarrola  se  encargaba  de  nosotros, los campamentos por aquí y por allá me permitieron conocer el Estado de Michoacán como si se tratara del mío propio.

Los Azufres, Chupícuaro, Cuitzeo, Pátzcuaro, la Tzararacua, Zinapécuaro, Cuincho, la laguna Siragüen, son lugares que aún permanecen en mi memoria llenos de recuerdos y aventuras. Ahí tuve un amigo que murió en su motocicleta y hasta hoy, aunque ya no recuerdo su nombre, lo tengo muy presente y le guardo mucho afecto.

Recuerdo esta parte de mi vida de una manera especial pues las excursiones y campamentos fueron para mí como un manual de cocina, de primeros auxilios, de construcciones con ramas, de nudos con cordel, de alpinismo, de incomodidades y de éxitos personales al ascender en el grupo y llegar a ser jefe de patrulla.

Como marca el protocolo, en una excursión al “cerro hueco” hice mi Promesa Scout, hoy después de “algunos muchos” años recuerdo el lugar, la ceremonia y la estrofa completa de la Promesa. En este momento me dijeron “que tu vida sea tan recta como este bordón” y he procurado, salvo por algunos chipotitos muy pequeños, que así sea. El cerro hueco es un volcán apagado, donde el cono está semirelleno de tierra, sin embargo al brincar en el suelo podíamos sentir la vibración de que estábamos en una especie de tambor, sonaba hueco y así estaba debajo de donde estábamos parados.

Con los Scouts aprendí a nadar, a apreciar la naturaleza, a llevar la vida con independencia pero con normas, a convivir con personas de diferentes tipos y culturas, a distinguir lo bueno de lo malo, a cantar, a rezar y una serie de cosas que definieron mi derrotero en la vida o cuando menos contribuyeron en buena parte a ello.

Acampados en la orilla del lago de Cuitzeo una noche llegaron unos judiciales a avisar que se acababan de escapar unos presos muy peligrosos y que los habían visto ir en esa dirección, (conste que teníamos 12 ó 14 años) nos dio un miedo terrible y con los jefes por delante, organizamos una batida por los alrededores armados con palos, cuchillos, hachas y los bordones (palos que se usan como bastón largo), recorrimos mucho trecho sin encontrar nada hasta que nos dijeron que había sido una broma para darle sabor al campamento. Que mala onda, de todos modos, esa noche ya no pudimos dormir.

San Juan Taimeo es un balneario termal pequeño, donde acantonábamos en las habitaciones de la pequeña iglesia del poblado, algunos adentro y otros acampados afuera a la orilla del arrollo, en esa iglesia sucedía algo extraño pues las voces de la gente cantando durante la misa, se quedaban atrapadas dentro del recinto y durante la noche se escuchaban los cánticos como si estuvieran ahí las personas, pronto supimos que era una especie de eco pero por lo pronto los sustos eran buenos. Afuera de la iglesia, como en muchos poblados, estaba el panteón y sobre las tumbas nos sentaban a contarnos historias de miedo, qué noches aquellas, no queríamos que las historias terminaran, no por buenas, sino para no irnos a dormir y pasar miedo.

Algo de lo más bonito durante esa época eran las fogatas del último día en los campamentos, primero la búsqueda de la leña, después tratar de hacer una pira diferente a las otras (se hacía una especie de concurso) y ya al anochecer, juntarnos todos para cantar, jugar, recibir algún reconocimiento, escuchar indicaciones y despedir la actividad con esa canción que hasta la fecha me eriza la piel: 


“porque perder las esperanzas de volverse a ver ……… 

no es más que un hasta luego ………… 

no es más que un breve adiós … 

muy pronto junto al fuego nos reunirá el señor”.


En  Morelia  pasé la mayor parte de esa  época (de los 12 a los 17 años), ya tenía bicicleta y podía emprender grandes “viajes” incluso ir y venir a la escuela en ella, nos juntábamos grupos de amigos para recorrer la ciudad y hasta salir de ella, siempre me ha gustado andar de pata de perro para todos lados y conocer.

Quiero mencionar algo que para mí fue importante, durante los días que no había clase me gustaba mucho ir con el operador del camión de sonido de la Coca, anunciábamos el beisbol, las relojerías Cantú, con su “pavo y regalos” en época navideña y todas las campañas que antes hacían las refresqueras, cambiaban corcholatas por charolas, vasos, destapadores, refrescos gratis, etc.         

Me divertía mucho y me hacía sentir útil. En una ocasión en una secundaria fui acompañando a un mago que si tomabas una coca te dejaba entrar al espectáculo, este señor me presentó como el gran artista y cantante de la televisión pero que no podía cantar porque estaba afónico, repartí autógrafos y las niñas se acercaban a conversar conmigo como si fuera verdad. Otra fantasía más.

Al poco tiempo llegó mi moto, una Yamaha 125, chispas! yo la veía enorme, chamarra de cuero, lentes de ojo   de mosca y todo un “tolete” que recorría la ciudad libremente.

Otra vez la misma historia, pero ahora motorizados, en grupo paseábamos y salíamos a los lugares cercanos, disfruté mucho de ella hasta que tuve un accidente y fui a dar al hospital bastante magullado, afortunadamente nada de consecuencias, pero sí una pena para mis Papás.

Mi primera novia fue aquí, una morenita a la que visitaba casi todas las tardes y con la que me inicié en el arte de los bailes y de los besos robados y otros no tan robados.

En esta parte de la vida, a través de un montón de TESTS que en aquel tiempo nos hacían en las escuelas para definir nuestras tendencias profesionales, siempre me daban el mismo resultado, sacerdote, ingeniero o aviador. Desde luego mi mamá no me dejó ser piloto aviador, no quería que me matara a las primeras de cambio.

De sacerdote nada, yo creo que sólo eran las tendencias de los maestros que estaban buscando su relevo, inclusive, la única mancha que aparece en mis certificados fue gracias a un hermano Marista que decía que yo debía ir al seminario pues estaba destinado a relevarlo y como le dije que no, me reprobó en Civismo y Etimologías, quien reprueba eso, sólo un seminarista renuente como yo. Nos mostraban fotos, libros y otras cosas para darnos idea de cómo era la vida en el seminario y la verdad todo se veía muy bien pero para nada, esa no es mi chamba.

Siempre me gustaron los fierros y eso de armar y desarmar cosas se me ha dado bien, hasta creo que por mis venas corre algo de Mobil Oil; con estos antecedentes y pensando en la Ingeniería me encontré un día un folleto de la Escuela Náutica de Mazatlán “Capitán de Altura Antonio Gómez Maqueo”, la verdad no se que tenía que hacer un folleto así en Morelia pero ahí fue que lo encontré, al comentarlo en casa no solamente me dejaron ir sino que les pareció que era una gran oportunidad para que yo me desarrollara en mis tendencias profesionales.

A preparar todo, papeles, certificados y el montón de cosas que nos pedían, ¡yo debía de ir a esa Escuela!

Así se inició el cadete Ernesto Jauckens y Lacunza (1963), que ahora es Ingeniero Mecánico Naval, Jefe de Máquinas y también Capitán de Altura.

Cuando me pongo el uniforme y no me interesa dar explicaciones entre la diferencia tan grande que existe entre una ESTRELLA y una PROPELA y la gente me llama Capitán, yo sólo me dejo querer, qué más da, si la verdad soy Marino Mercante y como dice la canción, “Soy Marino en tierra firme, hoy me ocupa otra misión”  y con más de cuarenta años de egresado sigo extrañando el vaivén de travesía y los aromas del mar.

Ser Marino es otra historia, la verdad navegué bien poco, pero es inolvidable. La hermandad inculcada en la Escuela, el trato de a bordo, aunado a ese olor tan peculiar de los cuartos de máquinas, (además todo el barco tiene su olor característico casi como si le brotaran las feromonas), hacen que te sientas perteneciente a una especie aparte, es como si te marcaran con un hierro caliente y aún sin uniforme llevas dentro el sentimiento  de formar parte de eso, la Marina Mercante Nacional. Nunca sabré si esto pasa con todas las profesiones pero en la mía sí.

Todavía hoy, saludo a cualquier oficial que encuentro en los Puertos, en Progreso, Yucatán pertenezco a la Asociación de Oficiales y cuando tengo la oportunidad converso con personas mucho más jóvenes y de las otras escuelas del país, basta con identificarse para que brinden un saludo cordial y un rato de charla sobre cualquier tema, como si nos conociéramos de siempre. Inclusive, cuando me toca estar en una embarcación, busco a los oficiales y converso un poquito con ellos, me tratan bien y lo más importante es que me muestran respeto, como en su momento me pasaba a mí con aquellos a quienes consideraba superiores en rango.

Cinco años en la Náutica, cinco años internado, no sé si por estar encerrado me perdí de algo en la vida diaria exterior, lo que si sé es que, si se me diera la oportunidad, lo haría de nuevo y bajo las mismas condiciones. Yo volvería a la Náutica, pero a aquella, la misma que me formó. Esos cinco años marcaron mi carácter, mi vida y todo lo que siguió después. Desde aquel momento este escudo se tatuó en mí ser y me dedico a honrarlo y presumirlo cuantas veces se presenta la oportunidad.

 

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                                                      Saúl Villaseñor (Sifo)        y                     Yo

 

Los entrenamientos para remo y las competencias del día de la Marina, que por cierto ganamos casi siempre.

Por lo general hacíamos mucho ejercicio, de uno u otro tipo, participé en un maratón de 15 kilómetros, salimos de un costado de la Catedral hacia las olas, y regresamos por el otro costado, (ya no recuerdo los nombres de las calles) llegué casi muerto en el lugar 36 de 86 pero me sentí bien porque detrás de mí sólo terminaron 7 más, los otros se quedaron en el camino.

Los verdaderos desfiles del 16 de Septiembre en los que casi todo el pueblo salía a las calles y nos aplaudían, eso fue importante e incrementaba el orgullo de por sí ya bastante crecidito, se preparaban con mucha anticipación, a veces habían charcos en el piso y teníamos que pasar sobre ellos, si nos tocaba ir “acortando” el paso era un salpicadero terrible, nuestros uniformes blancos quedaban todos manchados, los desfiles deportivos, aunque no practicaras ningún deporte tenías que andar haciendo pirámides y eso también le daba sabor al caldo.

 

 

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Sí era militar, de la Armada, nosotros éramos “militarizados”, para él las armas eran su vida, para nosotros una disciplina y un “adorno”, no nos comprendió y no lo comprendimos, ahora sí que ni modo.

 

Uniformes, reglamentos, pulcritud y tanto obedecer a “tambor y corneta” simplemente fueron sucesos importantes, pero no desagradables. Cada uno tenía su razón de ser y por lo tanto fue.

Inclusive después de andar tanto por la vida, ya en Mérida, conocí a la familia del Zumárraga (+), el que más nos maltrató durante nuestro primer año pero lo hacía porque nosotros lo retábamos. Hoy lo recuerdo con cariño y para nada le guardo rencor, por el contrario, hasta los batazos que nos dio ahora me dan risa.

 

Un día decidimos romper filas a la salida del comedor antes que él lo ordenara, así como lo escribo, sin hacerle caso y eso es casi un sacrilegio, por lo que nos hicimos acreedores a dos golpes cada uno, tenía un mango (cabo) de martillo con el que sostenía la ventana para que no se cerrara; palabra que nunca creímos que nos daría tan fuerte, al sentir el golpe se me erizó todo el cuerpo, fue con todo su orgullo roto y con todas sus fuerzas. En la tarde a la hora del baño, todos los del pelotón teníamos unos verdugones rojos marcados en las nalgas, algunos hasta reventados y con un poco de sangre. Fue terrible pero hoy sé que nos lo ganamos, Zumárraga venía de la Naval y no estaba capacitado para soportar una indisciplina, punto.

 

No pretendo describir cada uno de los momentos en la Escuela pero si quisiera enumerar algunos para refrescar la memoria y dependiendo quien lea esto pues ya le pondrá tanta sal como quiera, además si es un egresado, espero que al leer cada párrafo su memoria funcione y le traiga recuerdos e imágenes de cómo cada quien lo vivió.

Si lográbamos salir un Domingo debíamos regresar con “gansitos y cigarros” para los de la guardia, cuidado que alguien no cumpliera, preferible regresar a pié para salvar unos pesos y cumplir porque de no hacerlo, seguro te quedarías encerrado un fin de semana o dos.

La causa del arresto siempre era fácil de encontrar, “por moverse o hablar en filas”, aunque no fuera verdad.

Ser despertado en invierno a cualquier hora de la madrugada porque tocaba baño con cubetas y manguera, más una pasadita por el “túnel”, donde se recibían desde latigazos con toallas mojadas, hasta verdaderos puñetazos, golpes con bates de beisbol, puntapiés, etc. es algo que también se grabó, pero éramos jóvenes y fuertes, aguantábamos eso y más.

Ratos encerrados en el aljibe, a oscuras y con la puerta cerrada solo porque sí.

Subirte a las palmeras, tragar el botón para hacerte vomitar, limpiar uniformes, zapatos, botonaduras, repartir tu pasta de dientes porque a los de arriba no les daba la gana de comprar, más de una vez les dimos pasta de rasurar y no de dientes, lavar por ahí algún trapito que no era tuyo; molestaba pero no era importante. Nunca nos traumó, como dirían los jóvenes de hoy.

 Recuerdo mucho y aún me hace gracia (por ingenioso) que nos paraban en una tabla con los ojos vendados y te agarrabas de la cabeza de un compañero, simulaban levantar la tabla agachando a aquel de quien te estabas sosteniendo, y luego te hacían saltar. La idea, para ti era que estabas como a metro y medio del suelo  y tenías que brincar por la buena o por la mala ya que moverían la tabla hasta que te cayeras, entonces te armabas de valor, trazabas rumbo y pegabas el salto, normalmente no pasaba nada pero era muy cómico cuando el de la tabla no eras tú, ver al pobre tipo saltar y terminar dando volteretas en el piso por el impulso   de la altura que él imaginaba.

Rezarle a Alá Canchola era otro pasatiempo en algunas noches de Sábado, era un mono que se inventaron y que se consideraba nuestro “casi dios”, o rezabas o te iba un poco muy mal; nadar en el piso de las regaderas con un centímetro de agua, hacer mil lagartijas o sentadillas; tener la suerte de encontrar una lagartija en la cafetera o cucarachas destrozadas entre los frijoles; todas eran pequeñeces, nada pudo hacer flaquear el ímpetu de los cadetes de la 63-68 para llegar, con el tiempo, a ser oficiales.

Solo mencioné lo desagradable pero también había cosas que nos incentivaban cada vez que ocurrían, como las marchas vespertinas hacia el muelle o hacia las Olas Altas (el malecón), era la oportunidad de salir y ver el sol, por así decirlo, también daba chance de ver a otras personas, sobre todo de esas que no vestían de uniforme    y si de casualidad traían falda y blusa qué mejor.

Las buenas notas en inglés compradas con una novela de Corín Tellado o cuando este Maestro nos llevó a unos gringos a la clase y nos hizo creer que uno de ellos era un Indio Piel Roja, nos la tragamos enterita y luego resultó ser esquimal o al revés.

Las clases de marinerías con el Patrón de Costa, cómo sabía cosas ese señor y que paciencia para enseñar. Señales con banderas, Morse, nudos, vela, nomenclatura, calafateo, costura con cáñamo, etcétera.

Enfermedades fingidas o verdaderas, para estar un rato en la enfermería y conversar con las enfermeras.

Una vez por poco me muero, tenía gripa y me inyectó la maestre un antibiótico, apenas terminó empecé a estornudar de manera que casi no me alcanzaba el aire y se me hinchó la boca y la lengua afortunadamente   me inyectó otra cosa y me mando a acostar un rato, paso todo y a partir de ahí resulté alérgico a la Penicilina, nunca más me la volví a poner y hasta la fecha todos mis documentos lo mencionan para no tener riesgo.

Los pleitos por ver quién hacía sonar la campana durante las guardias, dos toques en la hora y un toque para   la media hora, era una manera de distraerte.

Los toques de corneta del Tarahumara, desafinados como pocos pero con mucho sentimiento. Salí de la Escuela y ya no me enteré si por fin aprendió a tocar o siguió desafinado. Los Jueves de visita, que todos disfrutábamos aunque nadie nos visitara, la cosa era ver caras diferentes y de ser posible a la hermana, la prima o la novia de alguien, aunque fuera de lejitos; los Viernes primeros del mes para salir a comulgar.

Cuando llegó el ciclón fue impresionante, el agua cruzaba de lado a lado de la cuadra (dormitorio) todo se empapó, el viento no permitía caminar, se pusieron sogas para que sirvieran de pasamanos, cuando ya pasó    lo peor, salimos a los alrededores en las falúas de la escuela (que de sólo virarlas ya había calado para que navegaran) a rescatar a las personas que habían perdido sus hogares y ayudarlos a cargar con sus pocas pertenencias, había dos metros de agua, la gente nos guiaba … ahí hay un auto sumido ... para que le sacáramos la vuelta, no se me olvida. Rescatamos muebles, animales, personas inválidas, embarazadas, personas mayores, (iba yo a escribir viejitos pero mejor no) de todo.


En  una  ocasión  no  recuerdo  en  qué  año, pero  debe haber sido 67 ó 68, llegó el Presidente de la República de visita oficial a Mazatlán, llegaría al aeropuerto y desde luego que los aguerridos cadetes deberíamos hacerle valla a su paso, no sé desde qué hora nos llevaron a parar allá … como siempre sucede te dicen… ya viene… ya viene, no, no es, ahora sí ya viene, chin tampoco y así nos tuvieron un buen rato, pero entre que venía o no venía nosotros debíamos permanecer firmes o cuando mucho en descanso, algunos compañeros no lo soportaron y cayeron al suelo, un rato más y por fin que sí, ya llegó el avión y ahora sí ahí viene … pasó en un autobús echando polvo y se fue … ni hola nos dijo … triste pero verdadero y además parte de nuestros deberes.


Habíamos ido ilusionados por “escoltar” al Presidente pero regresamos a la escuela muy cansados y desmoralizados por tanto esfuerzo sin recompensa.


Un  renglón  aparte  pero muy especial, al menos para mí, eran los famosos viajes de prácticas en barcos de la Armada, nuestros primeros  contactos con  la realidad, aunque no era  muy parecida a la que nos  esperaba en  los mercantes, a la isla Socorro, a las Islas Marías, o los de fin de año que ya eran por la costa del Pacífico, eran viajes de puritita flojera, nos la pasábamos tirados en la cubierta y burlándonos de las cosas que pasaban con la verdadera tripulación, pero disfrutábamos mucho las horas en puerto y por qué negarlo, también se disfrutaban los frijoles negros y el arroz.


También resultaron engañosos, eso de tener cinco engrasadores y cinco fogoneros nunca fue verdad en la mercante.


Tampoco chocar contra los muelles a la hora de atracar es una práctica común en la mercante.                    


Fuimos vilmente engañados, en esos entrenamientos

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     Los tres alegres compadres,

Jesús Abraham Villela Núñez, Ernesto Jauckens Lacunza y Héctor Morales Malacara.

Juntos a todas partes. 

 

Una en fachas (ropa de faena) y la otra muy elegante.

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                Nuestros grandes paseos dominicales a la playa o al cerro del Crestón (faro),

  cuando ponerte un pantalón vaquero y quitarte las palas de la camisa te convertían en un “civil” cualquiera.



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El programa de radio “Marcha hacia el Mar” del que me tocó ser locutor, Díaz Villa como locutor también y Melhem Haddad como lector de poesías, era una actividad que nos daba la oportunidad de comunicarnos con los radio escuchas y a la vez salir del encierro un día más. Un programa un tanto cultural con música, poesía y algún texto que hiciera referencia a una biografía o algo relacionado con la vida del mar. Lo mismo que con la revista había que buscar patrocinadores, aunque ya los teníamos bien medidos pues normalmente eran los mismos.

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Los juegos de básquet contra la prepa, los pleitos casi a muerte contra los preparatorianos. Hubo una vez que se robaron unas gorras  y las  colgaron en el  edificio de  la prepa, como si  fueran  las cabezas de los  caudillos en  la Alhóndiga de Granaditas,

no recuerdo cómo, pero fueron rescatadas con honor.

 

 

Las tardeadas del Hotel Belmar también se quedaron grabadas, había dos hechos prácticamente increíbles, dos orquestas completas tocando para el público en general y poder elegir en las Olas Altas a cualquier chica para invitarla a bailar, se suponía que tenías que consumir para poder entrar a bailar pero si ni dinero teníamos, además en aquellos tiempos el uniforme valía más que el dinero, todavía no se inventaba eso de que cartera mata carita. Yo nunca fui al Muralla (un salón para tardeadas) pero también es parte de la historia y por eso lo menciono.

 

Un Choco Milk y un pan dulce después de misa los domingos o un vaso de Tejuino para los que les gustara eran como que los lujos del fin de semana, los panes dulces deberían ser del restorán chino frente a Catedral.

Viajar en el urbano sin agarrarte del tubo, se convertía en toda una proeza, ya eras casi un marino, los barcos se mueven mas, aunque a veces daba trabajo guardar el equilibrio, sobre todo si el chafirete se daba cuenta de que te querías lucir y trataba de tirarte.

La tambora el día de la Marina, ese día no tocaban “diana” la tambora entera llegaba hasta los dormitorios y se armaba la gran fiesta, creo que era éste uno de los pocos días en que todo mundo se levantaba de buen humor y a la primera llamada.


El niño perdido, el toro mambo, mi gusto es, Mazatlán, el zopilote mojado, el sauce y la palma, otras muchas que no recuerdo los nombres pero que nos hacían vibrar el sentimiento.

 

En mi cerebro todavía resuenan las palabras del Tte. Sandez:


“Caballeros del Mar”, ya es hora, “Caballeros del Mar”

 

Yo tengo en la memoria los concursos que se hacían para las navidades, con unos dibujos muy bien hechos en los pizarrones de los salones, los artistas pintaban verdaderas obras de arte y en cada salón el tema era diferente, con gises de colores lograban mosaicos muy bellos.


Los Carnavales fueron un acontecimiento sobre todo para los que no somos de Mazatlán, tanta fiesta, tanta tambora, lo fácil que resultaba sacar a bailar a la chica más bella o a la más rica del puerto, todo por ser Carnaval. Vivíamos una fantasía de un fin de semana y luego a la cruda realidad.

 

 


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Se  formó  un  coro, seríamos  unas  quince  personas  y  nos  llevaban  a cantar  a  muchos  lugares, éramos especialistas en “Rayando el Sol”, "La Bella Lola"  y quizá  otras tres más. Lo mejor de todo era, otra vez, la oportunidad de salir a la calle.


El director titular de los niños cantores de la náutica era Saúl Madrigal, la verdad unos cantábamos mal y otros peor pero ya en bola sonaba apropiado.

Siempre inventando cosas, se puso de moda que, en los grandes bailes del Casino Mazatlán, los chambelanes fueran cadetes, asistimos a muchos y nos divertimos mucho haciendo además labor social. El Blanco y Negro,   la Cruz Roja, los Bomberos, muchos temas y muchos pretextos para bailar y divertirnos, además en el exterior.

 

Hubo una ocasión en que se hizo un corto de cine con la finalidad de promover las Escuelas Náuticas en los cines de todo México antes de la función, como se pasaban los noticieros, nos llevaron a las Olas, allá por el O’brians  y sentaron a una señorita  en  el  bordo  del  malecón, me dijo el director, póngase de frente a ella con un pié en el muro y simulen conversar, muy bien…ahora sonrían los dos…. bien… Sonrían un poco más……Corte¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡


Yo  había  tenido  un  accidente en  la moto  antes de  ir  a la Escuela y me faltaba  un pedacito del  diente central   izquierdo, al director le gustó mi porte, mi cara, mi sonrisa pero se frustró con mi diente roto.                           

 

Ese fue el fin de mi carrera cinematográfica.

 

Tiempo después me tocó ver el corto en el cine y efectivamente salía yo hasta abrir la boca, ni un segundo más.



Durante el quinto año en la Escuela me tocó ser Presidente de la Sociedad de Alumnos, 

no recuerdo para que sirviera pero yo fui presidente.

 

Solamente cuando el problema con Mejenes que queríamos que se fuera, me tocó ir a la Secretaría de Marina, a México, con una comisión para que nos entrevistaran y resolver el problema. Primero un viaje en autobús un tanto largo y un poco nerviosos por lo que pudiera suceder, igual nos corrían de la Escuela y ni caso nos hacían o igual ganábamos.

Nos trataron como magos, nos dieron la razón y de paso libramos a toda la escuela de las garras del tirano.

 

Fueron verdaderas amistades las que ahí se forjaron pero que hoy, aunque se recuerden, no se pueden cultivar como debería ser por la lejanía y las obligaciones de cada quien, buenos tiempos, de verdad buenos tiempos, dignos de ser invocados y saborear al tope los recuerdos.

 

 Jaime Agruel, Romero Castro, Jorge Rey de la Fuente y Yo.

Fueron verdaderas amistades las que ahí se forjaron pero que hoy, aunque se recuerden, 

no se pueden cultivar como debería ser por la lejanía y las obligaciones de cada quien, buenos tiempos, 

de verdad buenos tiempos, dignos de ser invocados y saborear al tope los recuerdos.

 

SEPTIMA GENERACION 1963 – 1968

CUBIERTA Y MAQUINAS

Cabe señalar también la revista que se editaba en la Escuela, su nombre fue ORION y su eslogan “La voz del estudiante Náutico” según yo ya venía de años atrás y solamente nos tocó continuar con su edición, en ella salían muchas fotos y artículos referentes a la vida del mar o a las actividades dentro y fuera de la Escuela; una de las mayores broncas consistía en conseguir los patrocinadores que ayudaran a pagar la impresión, pero siempre había valientes. El impulsor de esto era Ernesto Orona de los Palos y los colaboradores éramos todos los que podíamos escribir algo.

 

 


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Alfonso Filippini Aguayo, Saturnino Ayón Tirado, Manuel Saldaña Vargas, Juan Ramón Ochoa Morillón,

Ernesto Orona de los Palos, Ernesto Ochoa Barragán, Alberto Román Moreno, Ernesto Vega Rivera,

Saúl Gómez Ontiveros, Cap. Alt. Dn. Oscar CarrilloValenzuela, Rubén Gómez Azcorra, Jorge Rodriguera Osuna,

Héctor Aguilar Aragón, Melghem Haddad de la Rosa, Jorge Holcombe Insunza, Bernardo Zermeño Martínez,

Fermín Bustamante Moreno, Ignacio Caligaris Villa, Carlos Velarde Iribe, Joaquin Eng García,

Edgar Cabrales García, Jorge Ramírez González, Guillermo Quintana rodríguez, Gustavo Abaroa Galvez,

Sergio López Figueroa, Ernesto Jauckens Lacunza, Jaime Agruel Orantes.

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Julio Casas Liparoli, Ernesto Ochoa Barragán, Héctor Leal Soberanis, Juan Ramón Ochoa Morillón,

Jaime Agruel Orantes, Ricardo Thompson Ramírez, Ricardo Ceballos Ortiz, Carlos Carrillo Uffort,

Ernesto Orona de los Palos, Jorge Holcombe Insunza, Salvador Palomera Tood,

Jorge Rodriguera Osuna, Sergio López  Figueroa, Oscar Pompa Salazar, Juan Manuel Romero Castro,

Alberto Román Moreno, Saúl Gómez Ontiveros, Saturnino Ayón Tirado, Guillermo Quintana Rodríguez,

David Vidaurri Preciado, Jorge Ramírez González, Abraham Villela Núñez, Gustavo Abaroa Galvez,

Ernesto Jauckens Lacunza, Roberto Díaz Villa, Ignacio Caligaris Villa, Alfonso Filippini Aguayo,

Saúl Villaseñor Gutiérrez, Humberto Batista Tiscareño.

 

NO APARECEN EN LAS FOTOS:

Miguel Angel Olivares Quiroz, Víctor Villalobos Guzmán y Jorge A. Rey de la Fuente.

 

 

Una vez fuera y ya con el honroso grado de Aspirante de Máquinas partí en busca del vellocino de oro,

 resulta que era muy importante iniciar las singladuras y regresar a presentar el examen profesional.

Para aquellos que lean esto y no lo sepan, una singladura equivale a 24 horas de viaje, 

contadas desde la salida de la bocana de un puerto hasta la entrada al siguiente. 

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       1968                                                                   2008

 

 

       Cuarenta años, la diferencia está sólo en los bigotes¡

Me tocó por suerte, embarcarme en el Toluca (1968), casi el último barco de vapor del mundo. Cuando hoy lo platico a los jóvenes de la era de la electrónica, creen que estoy loco o que soy muy bueno para inventar cuentos.

Era una doble Compound, la mitad en reversa y la mitad en avante, porque los cilindros quedaban juntos para aprovechar la expansión del vapor; con una maquinilla se giraba el cigüeñal para invertir la marcha y dar reversa, el cárter estaba abierto, con las bielas y crucetas a la vista.

Para saber si estaba o no caliente debíamos tomar el ritmo del giro del cigüeñal y al estar listos meter la mano hasta tocar la cigüeña y sacarla de volada antes que te ganara y te atrapara; era arriesgado pero era parte  del adiestramiento.

A las crucetas se les echaba agua con una manguera para enfriarlas, a veces quedaban azules de tan calientes y seguían trabajando como si nada, todo bien prehistórico, pero interesante y cultural.

La carga, harina de pescado, llena de gusanos y apestosa como pocas cosas pero, otra vez muy de aprendizaje, cuando teníamos suerte cargábamos plátano y entonces sí se podía respirar.

A bordo del Toluca aprendí mucho sobre válvulas, tuberías, calderas y sobre todo, como era mi primer embarque, pues me inicié en la vida del mar.

Una vez, estando en Manzanillo cargando combustible me habla el Capitán y me dice “Aspirante, tenemos que cambiarnos de muelle y no hay nadie, ¿podrás hacer la maniobra?” Había yo visto cómo y participado en tres o cuatro pero, tanto como hacerlo yo solo no, sin embargo le dije que sí, claro que sí. “prepárate y cuando estés listo me avisas”, yo sabía que la maquinilla de cambio de marcha se atoraba a veces y daba trabajo dar atrás pero no tenía alternativa, llamé al fogonero y al engrasador y les dije que estuvieran cerca por si algo se ofrecía y me dijeron que NO, que ellos tenían su propio trabajo para hacer, ni modo, no podía yo fallar, 1/3 AVANTE… PARA. 1/3 ATRÁS… PARA. Así por un buen rato hasta que apareció el tan esperado FIN DE MANIOBRA. Nervioso y sudoroso me di media vuelta y en el balconcillo de las escaleras estaban el Jefe y el primero observando como hacía yo la maniobra, quizá siempre estuvieron ahí, quizá el fogonero y el engrasador estuvieron bien pendientes pero no me lo dijeron, al final me aplaudieron y yo me sentí muy bien, todo salió sin problemas y toda la vida he creído que solo se trató de una manera de probar hasta donde era yo capaz de aportar para un caso futuro.

Fue una temporada muy especial, uso otra vez la palabra prehistórica pero con mucho sabor y un gran concepto de aprendizaje. Después supe que en este barco se pasaban penurias, la verdad no me enteré.

Al desembarcarme, el cansado Toluca dio un último viaje y lo vararon en el cementerio para no volver a navegar nunca más, ¡qué pena!

Después me tocó el Plan de Ayutla, una chulada, nuevecito, aire acondicionado, camarote con litera de oficial y todo lo que trajeron los barcos modernos de aquella época y que hoy seguro ya son obsoletos.

Máquina Sulzer Diesel, de la Ishikawajima Harima, siete pistones en línea, cada uno de 86 centímetros de diámetro y algo así como 7000 HP, todo limpiecito y con el típico olor a cuarto de máquinas, esa mezcla de diesel, aceite y agua de mar.

De entrada me tocó un primer oficial de apellido Paredes, no recuerdo su nombre, chaparrito, delgado, pantalón azul, sin camisa y la gorra azul con la visera recortada, tenía aspecto de oriental, méndigo como él sólo, pero a punta de tirarme la responsabilidad me enseñó muchas cosas de a bordo y también de carácter personal. Quizá en su momento me cayó gordo, pero ahora lo recuerdo como uno de los forjadores de mi vida profesional.

En el cuarto de las centrífugas para el diesel dibujé todos los planos de las tuberías, a colores y con todos sus detalles, días y días debajo de las sentinas viendo, midiendo y entendiendo para poder hacerlo, ojalá alguien lo haya visto y le haya sido de utilidad.

Como una experiencia digna de ser contada me tocó que a uno de los cilindros de la máquina principal se le rajara la camisa, después de mucho buscar se detectó y la solución fue eliminarlo, se le cerró el paso de combustible y se retiró el inyector para que sólo se arrastrara, sin trabajar, eso nos permitió llegar a Acapulco  a reparación pero nos redujo mucho la velocidad.

En otra ocasión, en el Pacífico durante un mal tiempo, se salía a cada rato la propela del agua, entonces, se sobre revolucionaba la máquina y se botaba, el rugido de los turbo cargadores era muy fuerte, parecían aullidos de unos lobos esteparios, en un momento dado, la proa pegó con la base de la ola y el barco se enfrenó de golpe, como si hubiera chocado contra algo sólido, muy impresionante, cabeceaba y bandeaba mucho y era mi primera vez, me pegué una mareada de película y otra vez el primer oficial me dio una lección: el mareo está en la mente, tú eres el encargado de controlar la máquina principal y si no respondes a tiempo es tu responsabilidad; la presión del aire comprimido se arreó por las tantas veces que arranqué la principal, sube y prepara otro compresor, baja y contesta el telégrafo, con tanta tensión y falta de aire para arrancar ni me acordé del mareo y hasta la fecha no lo he vuelto a sentir. También esto se lo debo a él.

El Plan de Ayutla me llevó a cruzar por primera vez el Canal de Panamá, con mi corta edad y mi sed de conocimientos me quedé en proa toda la noche, contemplando las bellezas de esa obra de ingeniería, todo me parecía maravilloso: los jardines, las exclusas, las mulas para jalar, el paso de la culebra, una laguna de agua dulce en mitad del camino entre los dos océanos y la facilidad con que el piloto sabía a qué hora virar y cuanto, todo era nuevo y maravilloso.

Como el tiempo no se detiene y no hay plazo que no se cumpla, terminé de recolectar mis 876,523 singladuras necesarias para regresar a la Escuela y presentar el examen profesional, me fue muy bien ya que las preguntas, según lo recuerdo en nebulosa, hacían referencia, en su mayoría a puntos en los que yo había participado o escuchado de mis otros compañeros de a bordo. Como que se fueron más por el lado de la práctica. Inclusive no me dieron mención honorífica pero sí me felicitaron.

El Colegio de Marinos me ayudó con los trámites y muy rápido me dieron mi Título de Ingeniero Mecánico Naval y desde entonces permanece colgado en un lugar especial de mi oficina.

El de la foto ya casi no se parece a mí, pero cuando es necesario juro que sí, que ese soy yo.

Una vez terminado eso de los trámites y haberme recibido legalmente, me fui a vivir a Navojoa, Sonora, para trabajar en una planta de cal hidratada en Álamos, la planta era de Cementos del Pacífico y ahí estuve  tres años como superintendente, se hacía de todo, mecánica, producción y hasta manejar tractor o trascabo cuando se necesitaba.

 

Aprendí de muchas cosas, como a colocar explosivos en la cantera y a saber que al manejar la pólvora con las manos, te duele la cabeza. Poblar un área (así se le llama a la acción de “sembrar” la dinamita) y después hacerla explotar se hacía cada semana y yo siempre participé.

 

El ladrillo refractario de los hornos se desgastaba con la entrada de la piedra y la temperatura, también de eso aprendí, diferentes tipos de ladrillos y como colocarlos, hacer las troneras para los quemadores y mucho sobre tuberías y conexiones; cal viva y cal hidratada.

En una ocasión, por descuido, me explotó un arrancador de un motor eléctrico y me quemé el brazo derecho, de ahí me viene el respeto hacia la electricidad. Si no es indispensable prefiero no meter la mano.

Aquí me acuerdo de un compañero de clase que dijo que lo mismo era usar dos cables eléctricos delgados que uno sólo pero grueso, espero que ya en la práctica haya aprendido que la energía tiene polaridad y necesita un par de cables. Cuando lo leas sabrás de quien estoy hablando.

Otra vez, andando por el campo alrededor de la planta escuché un silbido muy particular sobre la cabeza, el que me acompañaba dijo que era una bala, alguien andaba cazando por ahí y por poco nos toca a nosotros.

Desde aquí se inicia el aprendizaje para manejar, dirigir y tratar con el personal trabajador, cada uno es diferente y a cada uno se le debe dar su trato, hasta hoy sigo aprendiendo de esto pues los humanos somos muy distintos y a veces lo que funciona con uno, molesta al otro.

En esta época me casé con Armida (1969), novia desde tercer año de la carrera, la boda fue en Mazatlán y como era costumbre se efectuó en la Catedral; puedo decir que con todas las ilusiones y todo el cariño inicié algo que aunque duró más de treinta años, no fue hasta que la muerte nos separe como uno piensa al inicio.  Me separé en 2002. 

En el matrimonio nacieron tres hijas, como tres rosas, Armida de Lourdes (1970), Sylvia (1972) y Ana Lorena (1978), una de Navojoa, otra de Puebla y la pequeña de Mérida, muy lindas las tres y que dieron sabor e ilusiones a cada uno de los días de mi vida, hoy que ya están casadas me nombraron Abuelo de siete nietos  y hace poco me dio Loren la noticia de que viene el octavo, que Dios las bendiga siempre y les de salud, paz y bienestar. 

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        Sylvia                                            Ana Lorena                         Armida de Lourdes


Ponerme a escribir acerca de ellas no lo considero  apropiado, el papel se escurriría de tanta miel, el teclado se atoraría, corro el riesgo de deshidratarme de tanto llorar, cada una en su momento, cada una con sus particularidades, las tres me convirtieron en papá y las tres me dieron la oportunidad de aprender, enseñar, reír, llorar y me llenaron de satisfacciones.

Cada una de las tres sabe cuánto las quiero y percibo, de cada una a su manera, cuanto me quieren ellas a mí. 

En otros capítulos relataré mi vida profesional, quiero hacerlo de manera cronológica y como son algunos años prefiero ir con calma.

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Esta es una fotografía de las mejores épocas, por ahí del 1978 cuando prácticamente acabábamos de llegar a vivir a Mérida y desde luego yo andaba por los 31 años más o menos.

¡A la mitad de lo de hoy!


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Por ahora quiero terminar aquí comentando que me volví a casar, en febrero de 2008, en Mérida, con María José, una persona algunos años menor que yo, una dama en su trato, con mucha chispa para conversar, profesionista, de muy buenos sentimientos y calidad cristiana, le encanta leer y bordar. A quien quiero mucho, a quien extraño cuando no está, disfruto su compañía y la pasamos a todo dar cuando estamos juntos.

Para no perder la costumbre, nuestro viaje de bodas fue un crucero por el Caribe a bordo del Caribbean Princess y la travesía se realizó de maravilla. No habíamos tenido la experiencia de estar a bordo como pasajeros y mucho menos en un crucero con tanto lujo y tantas comodidades, es una acción que vale la pena hacer por lo menos una vez en la vida, no se olvidará nunca.


Ahora vivimos en Cancún aunque ella tiene que pasar tiempo en Mérida pues debe atender su despacho, poco a poco iremos adaptándonos hasta que ya no sea necesario que nos separemos por trabajo.

Hoy por hoy trabajo como Director de Operaciones en EXINSA, una empresa urbanizadora de Cancún y el mantenimiento de las casi 30 máquinas, la logística, los operadores y otro montón de cosas son mi responsabilidad.

Estoy cómodo, bien reconocido, con una buena posición en la empresa y al momento de escribir estas líneas me encuentro bien de salud, soy un tanto anti doctores pero no me duele nada. Por lo que deduzco que estoy bien.

 

 

Invierno del 2008

 

 

Me ha tomado bastante tiempo juntar ideas para escribir esto, si no lo cierro ahora no lo cerraré nunca pues cada vez que lo abro hago algún ajuste, así se va y punto.

Si te parece agradable disfrútalo si no, simplemente bórralo, es la magia de la Internet.


Ingeniero Mecánico Naval

Ernesto Jauckens Lacunza.

(999) 958 0304

 

 

HISTORIA

El Escudo

El Himno a la Escuela

GENERACIONES

TESTIMONIOS DE EX-ALUMNOS

Reconocimiento a un héroe  

PALABRAS DESPEDIDA ING. RICARDO GALLARDO 

Cap.de Alt. Mario Velazquez Salazar: Fue un discurso escrito con el corazón.  

"La bella Lola"   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I.M.N Ernesto Jauckens Lacunza

 

 LO QUE RECUERDO Y COMO LO RECUERDO.





Mi infancia  pasó como  otras a mi alrededor, no muy travieso pero tampoco menso, más  bien  buen chavo, buena educación, 

posición media y recorriendo varias ciudades de la República con mis padres debido al trabajo que mi papá tenía, ya que él trabajaba para Coca Cola y lo cambiaban de una planta a otra según convenía a la empresa.


Me tocó  nacer en Puebla  (07 Noviembre 1947), después  viví  en  Coatzacoalcos, de  ahí  otra vez a Puebla, luego a Morelia, 

a Celaya y de regreso a Morelia. Todo esto antes de irme a estudiar a Mazatlán.

                                                                                                                                                                                                 Mi Papá se llamó Julio, mi Mamá Gracia. Somos ocho hermanos yo soy el séptimo, primero cuatro mujeres: 

Graciela (Chela), Ema, Ana María (Ani) y Margarita (Mague), luego cuatro hombres: Julio, Arturo, Ernesto y Luis.

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